Violeta, que estaba cerca y escuchó eso, ¡pum!, le soltó un manotazo en la nuca.
—¡Chamaco insolente! ¿Qué tarugadas estás diciendo?
Como era de la vieja escuela, obviamente deseaba que la vida amorosa de su nieta fuera miel sobre hojuelas.
Las palabras de ese muchacho le sonaron de muy mal agüero.
La abuela no midió su fuerza y el golpe sonó seco. Iker casi no pudo contener la risa.
Benicio hizo una mueca de dolor, sobandose la cabeza, pero no se olvidó de defenderse:
—Abuela, solo le estoy recordando que tiene que tratar bien a Zoe.
—A mí me parece que Iker es mucho más centrado que tú, ¿tú crees que necesita que se lo recuerdes?
Violeta se puso del lado de Iker sin dudarlo. Luego de elogiarlo, se dirigió a él:
—Les encargo mucho a esa niña, a ti y a tu abuela.
—Ay, por favor —intervino Susana, que no entendía todo el contexto pero captó esa parte—, Ellie es la que carga con el embarazo, ella es la que hace el trabajo pesado. Cuidarla es nuestra obligación.
Lo dijo de todo corazón.
Violeta, al escucharla, se alegró de que su nieta hubiera caído en una familia tan sensata.
Entre risas y plática, Simona salió con su bolso y la familia Estrada finalmente se marchó.
Cuando el auto salió de los terrenos del Chalet El Roble Dorado y se incorporó a la avenida principal, Simona miró a Yolanda, que estaba muy callada.
—¿Ya extrañas a Zoe?
Yolanda apartó la vista de la ventana y negó con la cabeza.
—Es solo que pienso en lo difícil que ha sido el camino para esa niña.
—Ya pasó lo peor —dijo Simona con firmeza, sonando como si dictara una sentencia o una promesa—. De ahora en adelante, todo irá cuesta abajo para ella.
No iba a permitir que su hermana sufriera ni un poquito más.
Ya estaba ajustando cuentas, una por una, con quienes le habían hecho daño en el pasado.
Violeta suspiró.
—Lo que no sé es qué piensa Iker. ¿Cuándo planea llevar a Zoe al registro civil?
Diciendo esto, se giró hacia Benicio, que iba en el asiento de atrás.

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