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Mi Marido Prestado romance Capítulo 646

El tono de Rufino era gélido:

—¿Desapareció?

—Sí.

Simona le respondió, pero no apartó la vista de Ireneo.

Media hora antes, Amelia había conseguido la libertad bajo fianza por motivos médicos.

Normalmente, el proceso para obtener este tipo de libertad era complejo y no se resolvía de un momento a otro, pero el trámite de Amelia se había gestionado con una rapidez inusitada.

Dado que era una libertad por salud, y sabiendo que Ireneo la favorecía, a la policía le resultaba difícil asignar a alguien para vigilarla paso a paso.

Ahora habían ofendido gravemente a la otra parte. Si en el futuro Leopoldo fallecía y quien tomaba las riendas era Ireneo, ¿quién se preocuparía por el destino de la familia?

Nadie imaginó que, con ese mínimo descuido, Amelia se haría humo directamente desde el hospital.

No solo Simona y Rufino, incluso Leopoldo y Violeta miraban a Ireneo con muy mala cara.

Ni hablar de Yolanda, quien ni siquiera mostraba sorpresa.

Que Ireneo encubriera a Amelia no era algo de una o dos veces.

En el pasado, aunque Leopoldo había escuchado rumores, no eran asuntos graves, así que prefería hacer la vista gorda. Pero esta vez, había vidas de por medio.

Al ver que Ireneo dudaba en hablar, la expresión de Leopoldo, que apenas se había suavizado, se tornó sombría de nuevo. Golpeó la mesa con fuerza:

—¡Ireneo! ¡Dime la verdad, carajo! ¿Tienes algo que ver con esto?

Si Ireneo realmente había llegado al punto de no distinguir el bien del mal, prefería no tener ese hijo.

De lo contrario, por muy buena que fuera la reputación y los valores de la familia Estrada, tarde o temprano terminarían arruinados en manos de Ireneo.

Ireneo parecía estar en otro mundo; el grito de Leopoldo lo aturdió aún más. Tardó un buen rato en reaccionar y mirar lentamente a Simona:

—¿Cómo que desapareció?

—¿No debería preguntarte eso a ti? —replicó Simona.

Era evidente que ya daban por hecho que Ireneo había ayudado desde las sombras.

Con toda la familia mirándolo fijamente, Ireneo sintió que, aunque tuviera cien bocas, no podría defenderse. Empezó a desesperarse:

—¡Y yo cómo voy a saberlo!

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