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Mi Marido Prestado romance Capítulo 660

En la habitación, tras terminar la sesión, Eleonor se sentó en una silla a un lado, como de costumbre.

Las cortinas estaban cerradas, bloqueando la luz del sol, pero por alguna razón, se sentía cálida por dentro, muy relajada y tranquila.

Al bajar la mirada y encontrarse con los ojos suaves pero firmes de Yolanda, pareció encontrar la razón.

Como solo estaban ellas dos, Yolanda, no queriendo que hubiera barreras entre ambas, tomó la iniciativa y preguntó en voz baja:

—Si sientes algo de coraje guardado, dímelo. Ahorita que regrese el abuelo, le diré que lo castigue más duro.

Ese «lo», por supuesto, se refería a Ireneo.

Leopoldo y Violeta habían ido a visitar a un viejo amigo que estaba en sus últimos días, así que llegarían más tarde.

—Sobre sentir coraje... —Eleonor lo pensó un momento y confesó con una sonrisa—. Mentiría si dijera que no sentí nada, pero es evidente que Leopoldo es un hombre muy justo y no se deja llevar por favoritismos.

Le había quitado todos sus cargos.

Para Ireneo, era lo mismo que despojarlo de todo su poder. Siendo alguien que había tenido el control durante media vida, ese golpe era más que suficiente para darle una buena lección.

A Yolanda le conmovió su madurez.

—¿De verdad es solo un poco?

—Sí, la verdad es que solo un poco. —Eleonor sonrió y bromeó—: Después de todo, estoy embarazada. No me conviene hacer corajes ni tener altibajos emocionales.

Yolanda la miró con falso reproche, pero al entender a qué se refería, decidió no insistir más en el tema. Con una mirada tierna hacia su vientre, le preguntó:

—¿Y el bebé se está portando bien? ¿Te ha dado mucha lata?

Eleonor no pasó por alto esa mirada y, de repente, sintió un nudo en la garganta.

Si su mamá supiera que estaba embarazada, ¿la miraría también con esa misma mezcla de ilusión, ternura y preocupación?

Eleonor giró la cara para disimular, se tragó la emoción y respondió con una sonrisa resignada:

—Para nada. Como bien, duermo perfecto y ella es muy tranquila, solo me da unas pataditas de vez en cuando.

Le sorprendía que las molestias del embarazo hubieran desaparecido en los últimos días.

Aparte de la panza, no se sentía diferente a antes de embarazarse.

Yolanda suspiró aliviada, sus ojos desbordaban dulzura cuando preguntó:

—Y cuando patea, ni siquiera te duele, ¿verdad?

—¿Cómo lo sabe? —Eleonor iluminó su rostro—. Al contrario, cuando me patea, siento una paz tremenda.

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