Fue demasiado directo.
Si esas palabras hubieran salido de la boca de cualquier otra persona, Benicio habría respondido con sarcasmo, pero venían de Simona, quien lo había dominado desde la infancia.
Benicio ni siquiera se molestó en negarlo y lo admitió sin rodeos.
—¿Cómo es que lo sabes todo?
—Soy adivina.
Quizás por compasión, o por alguna otra razón, al volver a mirarlo, en los ojos de Simona apareció un destello insólito de afecto fraternal.
—Para conquistar a una mujer, tienes que tener la actitud correcta. Deja de hacerte el millonario arrogante.
Simona no había visto a Florencia más de dos veces, pero el día que le ofreció el cheque, supo que aquella chica tenía un gran amor propio y no era interesada.
Por lo tanto, si ese tonto quería recuperarla, lo primero que tenía que hacer era bajar la cabeza.
Benicio guardó silencio. Nunca se había comportado de forma arrogante con ella.
Como mucho… era un poco terco.
Pero ¿quién no lo era?
Justo cuando Simona iba a decir algo más, un ruido sutil se escuchó en el pasillo, pero su querido hermano casi se desnuca al estirar el cuello para ver.
—Mírate nada más.
Aunque sus palabras eran de desdén, el tono de Simona era inusualmente relajado y divertido.
—¿Acaso tu orgullo vale tanto? Si estás preocupado, ve a ver qué pasa.
Apenas terminó de hablar, la persona a su lado ya se había ido a grandes zancadas.
***
Chalet El Roble Dorado.
Mientras el crepúsculo envolvía el lugar, Eleonor estaba sentada a la mesa, pero su mirada se desviaba constantemente hacia el jardín.
Susana Castillo, comprendiendo, le sirvió un poco de comida.
—No te preocupes. Iker sabe lo que hace, no pasará nada malo.
—Sí, está bien.
Para no preocupar a Susana, Eleonor asintió, aunque por dentro la inquietud no la abandonaba.
Ayer, cuando Iker Rodríguez se enteró de que Virginia Soto la había citado para esa noche, le preguntó qué quería hacer.
Por supuesto, ella no iba a ponerse en peligro. Por más importante que fuera su origen, no olvidaba ni por un segundo que estaba embarazada.
—¿Te llamó Iker?
Seguramente Iker le había pedido que viniera a acompañarla.
—¿Para mandarme a hacer de niñera? No necesita llamarme —resopló Florencia, mostrándole su celular—. Mira, solo me mandó este mensajito y yo vine corriendo como buena sirvienta.
Eleonor echó un vistazo.
Efectivamente, solo había un mensaje conciso: «Si tienes tiempo en la noche, ve al chalet a acompañarla. Gracias.»
—Eres la mejor —dijo, abrazando el brazo de Florencia con cariño—. ¿Ya cenaste? Justo estamos en eso.
—No, déjame comer algo, que me muero de hambre.
Florencia había pasado todo el día en el hospital lidiando con abogados. Apenas había tenido un respiro cuando vio el mensaje y corrió hacia allá, por lo que estaba famélica y no se hizo del rogar.
Quizás fue porque comía con muchas ganas, o porque su llegada tranquilizó a Eleonor, pero esta última volvió a tomar sus cubiertos y, sin darse cuenta, se comió casi todo lo que había en su plato.
Susana suspiró aliviada y miró a Florencia.
—Deberías venir más seguido cuando no tengas nada que hacer. Hay muchas habitaciones vacías, puedes quedarte cuando quieras.
—¡Hecho! —aceptó Florencia con una sonrisa radiante—. Entonces esta noche no me voy.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Mi Marido Prestado