—Está bien.
Al notar que ella no parecía alterada, Nil soltó una risa leve.
—Dicen que rara vez ven a la doctora Muñoz tan seria, y ya andan comentando si tú y Virginia tienen algún problema.
Eleonor no le respondió, solo se quedó mirando lo que él traía en las manos.
—¿Eso es para mí?
—Sí.
Nil puso el termo de comida frente a ella.
—Natalia me encargó que te trajera esto: pato con cerveza, berenjenas en salsa y col con vinagre.
En cuanto Eleonor destapó el recipiente, el aroma la envolvió. Sin poder esperar, probó un trozo de berenjena.
—¿Fuiste a la casa del profe?
—Sí, fui a platicar con él sobre el proyecto del Grupo Rodríguez.
Nil se sentó frente a ella.
—¿Qué tal está la comida?
—¡Buenísima! —respondió Eleonor, sonriendo de oreja a oreja—. ¿Tú ya comiste?
—Yo…
Nil dudó un instante y la miró con una expresión cálida, casi divertida.
—Todavía no.
—Entonces, vamos a comer juntos.
Eleonor sacó un par de cubiertos desechables del cajón y se los pasó. Después, preguntó:
—¿Qué pasó con el proyecto del Grupo Rodríguez? ¿Ya tienen fecha?
—Primero comamos —le respondió Nil, echando un vistazo al reloj—. Ya luego, cuando salgas del trabajo, te cuento con calma.
—Por cierto, Virginia… la aceptó de aprendiz el señor Paredes.
Al escuchar eso, Eleonor se quedó un momento en silencio, pero no se notaba sorprendida.
Sabía que Fabián siempre procuraba que todo estuviera bien en lo referente a Virginia.
En esa clínica, aparte del profe, el pilar era Federico Paredes.
Eleonor asintió despacio.
—Con Federico de su lado, seguro todo va a salir bien. Así se evitan líos.
...
Ya casi al final del turno, justo después de terminar una sesión de acupuntura, el celular en el bolsillo de Eleonor vibró.
Era un mensaje de Fabián.
[Ellie, paso por ti al salir.]
Ella frunció el ceño, con intenciones de negarse.
Si en la universidad también la consideraban una estudiante con talento.
¿Por qué en la clínica todos alababan a Eleonor, que era menor que ella?
...
Antes de salir del consultorio, Eleonor les dejó instrucciones claras:
—La medicina natural, dos veces al día. Y recuerda venir a la acupuntura diario, no lo dejes pasar. Si no te cuidas, esto se puede poner grave.
—Sí, sí, muchas gracias, doctora Muñoz.
El paciente no dejaba de agradecerle.
...
Eleonor se cambió de ropa y salió a la entrada de la clínica. Al ver el carro de lujo que conocía tan bien, recordó de golpe que no había respondido el mensaje de Fabián.
Antes de que pudiera decidir qué hacer, el hombre ya la había visto, se bajó del carro y se acercó a ella.
No era la primera vez que sucedía algo así. Cuando había reuniones familiares, Fabián solía pasar por ella para no perder tiempo y regresar juntos a la casa de los Valdés.
Solo que, antes, él nunca bajaba del carro; prefería esperarla adentro.
A pesar de eso, Eleonor no podía evitar cierta ilusión. Ella también había soñado con un matrimonio lleno de amor y momentos dulces juntos.
—¡Fabián!
De repente, Virginia apareció por detrás y se adelantó corriendo hacia el hombre. Paró justo frente a él y le habló con voz melosa:
—¡Qué lindo que viniste por mí! ¡Sabía que no te ibas a olvidar!

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Mi Marido Prestado