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Mi Marido Prestado romance Capítulo 689

De pronto, Eleonor sintió un terrible escalofrío.

Era como si el frío del exterior se hubiera filtrado en sus venas, congelándole los huesos.

No era capaz de descifrar si lo que Virginia le decía era cierto o solo una mentira retorcida.

Lo único de lo que estaba segura era que esas palabras habían actuado como un veneno filoso, sacando a la luz la duda que tanto se había esforzado por suprimir.

Era prácticamente imposible que Virginia conociera a Oliver, pero las historias de ambos encajaban a la perfección.

¿Acaso...

¿Sería verdad que la familia Estrada había estado involucrada en aquel asesinato? De ser así... con toda la influencia que tenían, ¿acaso ya conocían todo sobre su familia de origen?

Y todo el afecto que le habían brindado...

¿Era una simple compensación por su culpa o un cariño sincero?

Las uñas de Eleonor se clavaron profundamente en sus palmas, dejando marcas rojizas. Por fortuna, el punzante dolor la trajo de vuelta a la realidad.

—¿Un error? —Eleonor se puso de pie de golpe. Se inclinó ligeramente y miró a Virginia desde arriba, hablando con una tranquilidad inusual—. ¿Me viste la cara de niña de tres años, Virginia? Si crees que me voy a conformar con ese par de frases al aire para sacarte a la calle, estás delirando.

—¡O me cuentas las cosas claras, o te sientas a esperar tu sentencia y te pudres aquí!

Soltó las palabras una por una con firmeza. Sin darle a Virginia tiempo de reaccionar, dio media vuelta dispuesta a abandonar la sala de interrogatorios.

—¡Eleonor! —Virginia se llenó de pánico. Le gritó su nombre por inercia, aunque no se atrevía a sostenerle la mirada—. Si... si te cuento todos los detalles ahora mismo, ¿qué me asegura que no vas a darme la espalda y dejarme tirada? Solo estoy cuidando mi propio pellejo.

Le hervía la sangre de rabia al pensar en darle la verdad así de fácil, sin ninguna garantía a cambio.

Pero no esperaba que Eleonor hubiera desarrollado un carácter tan implacable, casi idéntico al del mismísimo Iker.

Al imaginar la vida perfecta que llevaba Eleonor —con un matrimonio sólido, éxito laboral y una familia tan poderosa como los Estrada cuidándole la espalda—, a Virginia le rechinaban los dientes del coraje.

Su mirada bajó instintivamente hacia el vientre abultado de Eleonor y una oleada de odio la consumió por completo.

—¡Espera!

Virginia brincó de la silla por la desesperación. Las esposas de sus muñecas chocaron contra el respaldo metálico haciendo un ruido agudo.

—¡Quién dice que no tengo pruebas! Te lo diré... te voy a soltar toda la verdad ahora mismo y...

—¡Ahórratelo!

Justo en el instante en que estaba a punto de confesar todo, la mente de Eleonor dio un pitido y, guiada por mero instinto, la interrumpió levantando la voz.

Exhaló una bocanada de aire y, recuperando su tono plano y distante, le dijo:

—Métete tus cuentos y tus intentos de sembrar cizaña por donde te quepan, Virginia. Estás aquí por secuestro y ayuda al tráfico de drogas; la policía te agarró con las manos en la masa y ni Dios va a poder sacarte. ¡Acéptalo de una vez y prepárate para pasarte media vida reflexionando en tu celda!

Mientras la joven apresuraba el paso hacia la salida, Virginia estalló a sus espaldas.

—¡No estoy intentando sembrar cizaña! —chilló con histeria la reclusa, agitando los brazos como si quisiera alcanzar a Eleonor a la fuerza—. Te lo juro, nunca intenté engañarte. ¡Es que me vuelve loca saber que tú siempre caes de pie, Eleonor! Mientras yo estoy en este encierro, tú te paseas como la esposa de Iker y, para colmo, ¡eres el tesoro de los Estrada...!

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