Nil no podía evitar la preocupación.
—Señor Rodríguez…
—Señor Jiménez…
La mirada de Iker era tan impasible que no permitía adivinar emoción alguna.
—¿Teme que me la lleve y la desaparezca en algún pueblo perdido entre las montañas?
…
Nil se atragantó con sus propias palabras. También había escuchado de boca del profesor algunos rumores sobre el pasado de Iker y Eleonor.
Antes de todo aquel escándalo, él siempre había sido un buen hermano.
Pensando en eso, Nil decidió no insistir más.
—Entonces le encargo mucho a Eleonor, señor Rodríguez.
Iker asintió y, sin más, tomó a la joven en brazos y la acomodó en el carro.
Ese movimiento repentino hizo que Eleonor recuperara algo de lucidez. Aturdida, intentó sentarse bien sobre el asiento de piel, gateando torpemente para acomodarse.
Sus ojos estaban nublados, y apenas consciente, murmuró:
—Nil…
El carro avanzaba por la avenida, deslizándose con suavidad. Las luces de los faroles, filtradas por las ramas de los árboles, proyectaban destellos irregulares dentro del carro, acentuando aún más la expresión sombría y dura de Iker, que parecía mucho más imponente bajo esas sombras.
—¿Te llevas bien con Nil?
Esa voz era tan familiar que el miedo de Eleonor se desvaneció. Bajó la guardia y, apoyando la cabeza en el respaldo, respondió con sinceridad.
—Sí… nos llevamos bien.
—Nil… siempre ha sido bueno conmigo.
El hombre la observaba, atento a las facciones delicadas de la joven, sus ojos reluciendo con emociones difíciles de descifrar. Habló con paciencia, como si intentara guiarla con cuidado.
—Iker no trata bien a Nana, ¿verdad?
—Iker…?
Tal vez hacía demasiado tiempo que nadie le llamaba por su apodo. O quizá el efecto del alcohol la tenía demasiado vulnerable. Eleonor murmuró ese nombre, sintiendo un nudo en la garganta. Incluso borracha, luchaba por no dejar escapar las lágrimas.
Hizo un puchero, resignada.
—Él… él ya no me quiere.
Siete años atrás, recordaba perfectamente cómo la habían devuelto a casa de la abuela sin miramientos. Ni el alcohol podía borrar esa herida.
Era una cicatriz demasiado profunda.
Fue la primera vez que confió completamente en alguien fuera de sus padres.
—Ajá.
La voz de Iker seguía seca y cortante.
—¿Eso es motivo para que te emociones?
…
César tragó saliva, incómodo.
Pensó que, hace unos segundos, había visto una leve sonrisa en la boca del jefe reflejada en el retrovisor.
Estaba seguro de que él también se alegraba un poco.
¿O acaso lo había imaginado?
Las luces en la entrada del estacionamiento subterráneo eran tan intensas que Eleonor levantó la mano para cubrirse el rostro. Al abrir los ojos, el carro ya se había detenido frente al edificio.
Parpadeó un par de veces, y al reconocer su hogar, la niebla en su mente empezó a disiparse.
Voces confusas y recuerdos dispersos chocaron en su cabeza.
Esa voz…
Su cuerpo se tensó de golpe. Al girar, vio la mandíbula marcada de Iker, y al subir la vista, su nariz recta y esos ojos oscuros e insondables.
—¿No que estaban súper enamorados? Entonces, ¿por qué ya no vives con Fabián?

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