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Mi Marido Prestado romance Capítulo 99

—¿Entonces, porque todos lo dicen, ya es cierto?

La voz de la paciente subió de tono, dirigiéndose hacia la sala de espera.

—A ver, díganme ustedes, ¿creen que esta enfermera tiene razón al decir que la doctora Muñoz lastimó a propósito a alguien y que se metió en la relación de otros? ¿Ustedes creen que eso puede ser verdad?

—¡Ni de broma!

—Sí, ¿cómo va a ser cierto eso?

Todos los pacientes sabían de la ética de Eleonor. Era algo que se veía a simple vista: si alguien tenía ese nivel de ética en el trabajo, difícilmente podía ser mala persona.

La enfermera, acorralada por las miradas, soltó de golpe:

—Pues no es cosa de lo que ustedes digan, ¿no? ¡Ese niño ya está en el hospital!

—¡Ellie!

De repente, alguien gritó desde el área de enfermería.

La joven enfermera se quedó callada al instante, con la cara tan roja que parecía un tomate, mirando nerviosa hacia la entrada.

Eleonor se acercó con toda calma, sin ninguna señal de enojo, y se paró frente a ella.

—A partir de mañana te vas a otro consultorio. Piensa bien a cuál quieres ir y luego me avisas, yo voy a hablar con Recursos Humanos.

Después, miró a las demás enfermeras del área.

—Si alguna más quiere cambiarse, díganmelo de una vez.

—No…

—¡No queremos, para nada!

Quedaba claro que todas sabían lo difícil que era conseguir un turno con Eleonor. Trabajar en su consultorio traía los mejores sueldos para las enfermeras.

Eleonor no dijo más, dio media vuelta y fue directo hacia la paciente que había defendido su nombre.

La señora, de unos cincuenta años, ya no tenía esa furia de antes cuando miró a Eleonor.

—No les hagas caso, son puras tonterías, tú sabes que no creemos en esas cosas.

Eleonor no pudo evitar sonreír.

—Gracias.

Pero enseguida se puso seria.

—¿Se acuerda de lo que le dije la última vez que vino?

La paciente bajó la mirada, algo apenada:

—…Mantenerme de buen humor.

—Eso, no se altere por chismes sin sentido. El buen ánimo ayuda a sanar cualquier cosa.

Después de ese consejo, Eleonor entró a su consultorio, se puso la bata blanca y empezó a llamar a los siguientes pacientes.

Eleonor tragó de golpe el camarón al curry que tenía en la boca.

—¿Fue Virginia?

Nil se quedó pasmado.

—¿Cómo lo supiste?

—Adiviné —respondió ella, encogiéndose de hombros.

—Pero ni las fieras se atreven a atacar a sus propios hijos…

Quién no podía aceptarlo ahora era Nil. Parecía que la noticia le costaba trabajo.

Eleonor bebió un poco de sopa, lo miró y le contestó:

—Nil, no siempre las personas entienden el significado de la lealtad o el cariño.

A veces, el ser humano puede ser peor que cualquier animal.

Nil la miró distinto, con una admiración sincera. Sabía cómo era el mundo, pero seguía conservando esa honestidad y amabilidad tan difícil de encontrar.

Eso valía oro.

Nil retomó el tema de las cámaras:

—Las grabaciones muestran con claridad que tú corriste al escuchar los gritos en el acceso de emergencia.

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