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Milagro y venganza, casada con el rival de mi ex romance Capítulo 12

Mi teléfono no paraba de sonar. Las notificaciones y los mensajes amenazantes eran como un martillo golpeando mi cabeza. Sabía que tanta insistencia no era porque Alan se sintiera mal por la muerte de nuestro hijo, sino porque odiaba perder el control. Estaba tan acostumbrado a que su voluntad fuera ley, que saber que un hombre más poderoso lo hubiese humillado y desafiado lo estaba volviendo loco.

—¿Por qué no contestas, Aurora? ¡Te juro que cuando te encuentre me las vas a pagar! —repetía Alan en voz alta, ante la mirada de asombro de Karoline.

Ella no podía permitirse perder el control que ejercía sobre ese infeliz, y sabía que la única forma de doblegar su voluntad era seduciéndolo.

—Basta, cariño, te necesito y sé que tú me necesitas a mí —le decía mientras se subía sobre él, besándolo y acariciándolo con frenesí.

—Karoline, en este momento no creo que sea... —murmuró él, intentando apartarla.

—Shhh... —lo silenció ella, moviéndose con sensualidad.

Alan dejó el teléfono a un lado. Puso sus manos sobre ella, la pasión se desbordó y los besos subieron de intensidad.

—¡Aurora! —dijo Alan sin siquiera pensarlo.

Karoline se detuvo en seco. Sus ojos, llenos de furia, se posaron sobre los de Alan.

—¿Cómo me llamaste? —le preguntó con una voz helada que hizo que la pasión de Alan se evaporara en un segundo.

—No, mi amor, yo... Aurora me ha hecho pasar por los peores momentos, seguramente por eso la mencioné —se justificó él, tratando de apartarse.

—No será que la amas —dijo Karoline, un tono de amenaza en su voz.

Alan negó con la cabeza, sus ojos llenos de rabia.

—No. Ella solo fue un reemplazo. La única mujer que siempre ha ocupado mi mente, a la que siempre he deseado, eres tú.

Karoline fingió calmarse, pero por dentro, la furia la consumía.

Alan regresó a nuestra casa, buscándome como un loco. Sus gritos llenaban el silencio, rompiendo la paz que alguna vez tuvimos.

—Aurora, ¿dónde demonios estás? ¡Da la cara, maldita sea!

Pero nadie le respondió. El silencio de la casa vacía le apretaba el pecho. Miles de escenarios pasaban por su cabeza, ninguno de ellos de su agrado. Llamó a gritos a Amelia, la mucama.

—Amelia, ¡ven acá!

—Dígame, señor —contestó ella, con el terror reflejado en sus ojos.

—¿Dónde está la señora? —preguntó Alan con voz dura.

—La señora no ha regresado desde esta mañana que se fue.

Él no podía creer que yo lo siguiera desafiando de esa manera. Estaba tan acostumbrado a ejercer control sobre mí que esto le parecía inaudito. Corrió hacia su despacho, abriendo la computadora rápidamente para rastrear mi ubicación a través de la localización de mi teléfono.

La ubicación apareció en el mapa, y una sonrisa perversa se dibujó en sus labios. Sabía dónde estaba. Se levantó de la silla, sus ojos llenos de una sed de venganza que lo consumía por completo.

—Aurora Harper, te arrepentirás de haberme desafiado.

Alan condujo como un loco hasta llegar al hotel. La furia de pensar que yo tenía un amante lo estaba consumiendo, era un veneno que lo hacía gritarle al volante. "¿Crees que puedes escaparte de mí, Aurora? ¡Te juro que te arrepentirás, maldita! Tú eres mía, siempre lo has sido y eso no va a cambiar nunca". Su voz retumbaba en el silencio del auto, una promesa vacía que siempre me hizo.

Llegó al hotel, y ni siquiera se detuvo a estacionar correctamente. Dejó el auto en la entrada, sus ojos llenos de una rabia que no conocía límites. Entró al vestíbulo y, sin dudarlo, se dirigió a un miembro de seguridad que se acercaba.

—Y más daño te voy a hacer si no vienes conmigo en este preciso momento —me amenazó, su rostro a centímetros del mío.

—Yo no voy contigo a ningún lado. Te dejé muy claro que lo nuestro se acabó.

—Tú eres mi mujer, Aurora, y vas a estar conmigo hasta que yo quiera.

Una risa amarga escapó de mis labios.

—Nunca he sido más que una amante para ti, jamás quisiste darme el lugar de esposa, ni a mi hijo el lugar legítimo que siempre le correspondió. Ahora no vengas aquí a querer reclamar algo a lo que no tienes derecho.

—¡Ya basta de estupideces! He dicho que vienes conmigo y eso es lo que harás.

—Y yo te dije que no. Si no me quitas tus asquerosas manos de encima voy a gritar para que vengan los de seguridad y te echen como hicieron en el hospital.

La rabia lo consumió. Me jaló bruscamente del cabello, una punzada de dolor recorrió mi cabeza.

—Así que es cierto, me estás engañando. Le abriste las piernas a ese hombre para desquitarte.

Mi corazón latía con fuerza, la ira me dio el coraje para mentir.

—Sí, tengo un amante. Un hombre mucho mejor que tú en todos los sentidos.

Sus ojos, llenos de un odio desbordante, me fulminaron. No dudó. Mi cabeza se giró por la fuerza de una bofetada que me cruzó el rostro. La sangre inundó mi boca.

Justo en ese momento, Melania salió del baño. Alan estaba a punto de golpearme de nuevo, pero Melania, sin dudarlo, sacó un pequeño bote de gas pimienta que siempre llevaba consigo para defensa personal y le roció la cara. Alan soltó un grito desesperado, ciego por el ardor, sin saber de quién o de dónde vino el ataque.

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