Los días pasaron, y por fortuna, el pequeño Max se había recuperado satisfactoriamente. Su cuerpo no había rechazado el riñón y, por el contrario, su salud era cada vez mejor. La noticia de su alta llenó la habitación del hospital de alivio. Al enterarse de que finalmente volverían a casa, una pregunta inocente salió de la boca de Max.
—Papá, ¿cuándo volveré a ver a la señora bonita?
Alexander intentó cambiar el tema, pero su hijo insistió. A Alexander no le quedó más remedio que prometerle que pronto me vería. Los ojos de Max se iluminaron. Alexander entendió que para su hijo era algo importante, pues siempre había sentido la ausencia de su madre desde el día en que los abandonó y necesitaba desesperadamente una figura materna.
Mientras la felicidad inundaba el hospital, a lo lejos, el cinismo se apoderaba de un apartamento. Ema y Julia tramaban la forma de instalarse a vivir en la gran mansión de Alexander. Julia, la hermana de su ex esposa, siempre había estado interesada en él, y cuando su hermana se fue, vio la oportunidad perfecta para quedarse con el hombre que siempre había deseado.
—No puedes perder esta oportunidad, hijita. No seas como la tonta de tu hermana —le dijo Ema, con voz dura—. Tienes que ganarte la confianza de Alexander para que podamos irnos a vivir con él y así seguir llevando la vida de reinas que hasta ahora hemos tenido.
—¿Y qué quieres que haga, mamá? —se quejó Julia—. Ya ves el otro día, cuando se lo propuse, me dijo tajantemente que no quería tenernos cerca.
—Debemos ser más inteligentes que él —sentenció Ema—. Y llegarle por el lado del niño. Si logramos que Max nos necesite, a Alexander no le quedará más remedio que aceptarnos en su vida.
Julia suspiró con desdén.
—Pues qué remedio. Tú sabes que no me gustan los niños, pero supongo que tendré que hacer ese sacrificio. Aunque si logro casarme con Alexander, lo primero que haré será enviar a ese mocoso a un internado lo más lejos que se pueda.


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