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Milagro y venganza, casada con el rival de mi ex romance Capítulo 17

Mientras los guardias de seguridad echaban a Alan y a Karoline, sentí una gran satisfacción dentro de mí. Era el principio de todo lo que les esperaba, porque no pensaba detenerme hasta verlos destruidos. Los guardias me condujeron hacia el reservado donde Alexander King ya me esperaba. En un principio, creí ver en sus ojos un destello especial, pero fue solo por un momento, ya que después volvió a tener ese semblante frío e impenetrable. Se puso de pie con cortesía y me tendió la mano.

—Bienvenida, Aurora —me dijo.

Yo no podía articular palabra. La rabia me consumía por dentro. Recordar las palabras de esos dos, la manera en que ella me echó a la cara que su hija sí pudo sobrevivir y mi pequeño no, me provocó el dolor más terrible que un ser humano podría soportar.

Alexander se dio cuenta del estado en el que me encontraba, así que rápidamente llenó una copa con un líquido ámbar y me la ofreció. No dudé en tomarla, la bebí rápidamente y luego tomé la botella, sirviéndome una y otra y otra más.

—Tomar así no te hace bien, Aurora —me dijo, su voz era como un eco lejano.

—Pero al menos me ayudará a anestesiar este dolor que me está matando —le contesté, la voz quebrada por el llanto—. ¿Puedes creer que ese imbécil quería que le pidiera una disculpa a esa mujerzuela? ¿Después de que dijo que su hija había sobrevivido y el mío no? ¡Claro que sobrevivió, pero con el corazón que era para mi hijo! Esos malditos le robaron la posibilidad de vivir.

Las lágrimas se derramaban por mis mejillas. La furia y la pena se mezclaban en un nudo en mi garganta.

—Soy una estúpida —continué, la voz llena de autocompasión—. Si tan solo me hubiera alejado de ese desgraciado a tiempo, tal vez mi pequeño estaría vivo.

Alexander me miró, y por un momento, la frialdad de sus ojos desapareció, sustituida por una calidez que solo le había visto cuando estaba desesperado por su hijo, esperando que un donante apareciera para que su pequeño pudiera seguir viviendo.

—No te culpes por lo que pasó —contestó él con voz suave—. No podías saber lo que sucedería, no hay forma de cambiar el destino.

—Los odio, Alexander, con toda mi alma —le confesé, mi voz subiendo de volumen—. Solo quisiera verlos destruidos, acabar con ellos como hicieron conmigo.

Pero no pude seguir hablando. El alcohol se me subió a la cabeza, y de pronto me sentí mareada. No estaba acostumbrada a beber, y cuando estaba a punto de caer, unos brazos firmes me sostuvieron. Luego me cargó entre sus brazos, avanzando conmigo hasta el estacionamiento donde se encontraba su coche.

fragilidad 1

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