El coche se detuvo frente a una mansión imponente, digna del hombre más poderoso del país.
Alexander me tomó nuevamente en sus brazos. Antes de avanzar, se detuvo un instante para mirarme; había un brillo extraño en sus ojos, pero yo estaba demasiado aturdida para comprenderlo.
—Mi niño… perdóname… perdóname por no haberte protegido… —lloraba entre balbuceos, perdida en mi estado de inconsciencia.
—Tranquila, todo va a estar bien —murmuró Alexander, acariciando suavemente mi espalda.
Los guardias le abrieron rápidamente la puerta. Aunque les resultaba extraño verlo cargar a una mujer —y más aún que la llevara a su santuario—, ninguno osó hacer un comentario. El respeto hacia él era absoluto.
—Peter, lleve un café bien cargado y unas pastillas para el dolor de cabeza a mi habitación —ordenó con voz firme.
—Enseguida, señor —respondió el mayordomo.
Alexander subió las escaleras conmigo en brazos y abrió la puerta de una habitación enorme, decorada con un gusto exquisito. Me depositó con cuidado sobre la cama. Yo seguía murmurando palabras sin sentido; el alcohol me dominaba, pero el dolor seguía allí, clavado como una espina en el corazón.
Cuando el café y las pastillas llegaron, Alexander me ayudó a incorporarme. Apenas entendía lo que ocurría y me dejaba llevar como una autómata. Bebí el café con dificultad, luego las pastillas, y en poco tiempo caí rendida en un profundo sueño.
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Mientras tanto, Alan había regresado al Le Grand Palais, el restaurante donde me había visto por última vez. Permaneció dentro de su coche por horas, observando cómo poco a poco clientes y empleados se marchaban.
Al comprobar que yo no salía, la furia y los celos lo consumieron.
—No puedes estar con nadie más, Aurora… tiene que ser una mentira. Sólo lo dijiste para enfadarme… claro, tú me quieres… siempre ha sido así, sólo quieres llamar mi atención… —se repetía en voz alta, comportándose como un desquiciado.
Cansado de esperar, condujo a toda prisa hacia el hotel donde me hospedaba con Melania. Como ya conocía el número de la suite, subió directo y comenzó a golpear la puerta con violencia.
Melania se despertó sobresaltada. Encendió la luz y fue a ver quién era. Al reconocerlo, abrió apenas unos centímetros para encararlo.
—¿Cómo te atreves a regresar aquí? ¿No fue suficiente con lo de la otra vez? Si no te vas ahora mismo, voy a empezar a gritar para que te echen.

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