La puerta de la casa se cerró de golpe cuando Julia entró hecha una furia. Tiró el bolso contra el sofá y comenzó a caminar de un lado a otro sin poder contenerse.
—¡Nos echó como si fuéramos basura, mamá! —explotó, con la voz cargada de rabia.
Ema dejó las llaves sobre la mesa y se dejó caer en una silla, cansada y molesta.
—Sí, fue humillante. Pero tienes que calmarte, Julia.
—¿Cómo quieres que me calme? —Julia golpeó la mesa con la palma de la mano—. ¡La viste, mamá! Estaba ahí, sentada como si ya fuera la dueña de la mansión. Esa mujer cree que puede convertirse en la esposa de Alexander.
Ema frunció el ceño, cruzando los brazos.
—No podemos permitirlo. Pero entiende algo: lo más importante ahora es conservar el apoyo económico que Alexander nos da. Si esa mujer se queda con él y se casa, nuestros privilegios se irán a la basura.
Julia apretó los puños con fuerza.
—¡Tenemos que hacer algo ya!
—Sí —respondió Ema, pensativa—. Tenemos que buscar a tu hermana. Ella debe regresar y ocupar el lugar que le corresponde.
Julia se quedó en silencio. Por dentro hervía de rabia. No quería a Victoria de vuelta, no soportaba la idea de que su hermana regresara. Pero sabía que no podía decir nada. Ya se encargaría de que Victoria no se interpusiera en su camino.
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Horas más tarde, todo se volvió un caos. Alexander conducía a toda prisa mientras yo sostenía a Max en el asiento trasero. El niño apenas reaccionaba, su respiración era débil, y yo trataba de mantenerlo en mis brazos con la mayor calma posible.
—¡Aguanta, hijo, aguanta! —repetía Alexander desde el volante, la voz quebrada por la desesperación.
Yo intentaba controlarme, aunque los recuerdos me golpeaban con fuerza. No podía derrumbarme, no frente a él, no frente a Max.
Llegamos al hospital y las puertas de urgencias se abrieron de inmediato. Dos médicos y una enfermera se acercaron corriendo.
—Tráiganlo aquí, rápido —ordenó uno de los médicos.
Le colocaron oxígeno, canalizaron la vena y comenzaron a trabajar sin perder tiempo. El sonido de los aparatos llenaba el pasillo mientras se lo llevaban en la camilla.
Alexander intentó seguirlos, pero un enfermero lo detuvo.
—Señor, no puede pasar.
—¡Es mi hijo, maldita sea! —gritó, fuera de sí.


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