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Milagro y venganza, casada con el rival de mi ex romance Capítulo 20

El grito de Ema hizo que mi cuerpo se tensara por completo, pero antes de que pudiera responder, Alexander se puso de pie de un solo salto. El golpe de su puño contra la mesa de caoba resonó en el comedor, un sonido seco y brutal que me hizo estremecer. El cristal de los vasos tembló y, por un instante, el silencio que siguió fue más aterrador que el grito de ella. Su voz, cuando habló, era un susurro frío que cortaba el aire como una cuchilla.

—¿Quién demonios te crees tú para venir a cuestionarme en mi propia casa?

Ema, que siempre había sido tan altiva y segura de sí misma, se encogió. Sus ojos, antes llenos de furia, se encendieron con un miedo palpable.

—Soy la abuela de tu hijo, la madre de tu esposa.

La burla en la risa de Alexander fue cortante. Resonó en el espacio amplio del comedor, un sonido lleno de desprecio.

—¿De mi esposa? —preguntó, con la voz llena de veneno—. Esa zorra hace tiempo que dejó de ser mi esposa, te lo recuerdo, querida ex suegra.

—Alexander, no tienes que ventilar estas cosas enfrente de extraños.

Sentí la mano de Alexander buscando la mía debajo de la mesa. Su toque era firme, protector, y me dio una ráfaga de fuerza.

—La señorita no es ninguna extraña, es mi invitada, y yo ventilo lo que se me da la gana, que para eso es mi casa, y si no te gusta, lárgate por donde viniste.

Ema se llevó las manos al rostro, fingiendo un llanto desesperado, pero las lágrimas que intentaba sacar no conmovieron a Alexander.

—Eres muy cruel... Si mi hija estuviera aquí...

—Pero no lo está, te recuerdo que decidió irse con su amante, ¿o ya lo olvidaste?

—Ella era muy joven, se equivocó, pero estoy segura que no ha dejado de amarte.

Una carcajada amarga salió de la garganta de Alexander, tan llena de resentimiento que me heló la sangre.

—Por favor, eso ni tú te lo crees.

Julia, que hasta el momento había permanecido en un silencio resentido, se atrevió a hablar. Se puso de pie y se ajustó el vestido, su mirada llena de desdén.

—Tú, quien quiera que seas, sal de esta casa y déjanos a solas. No ves que estamos hablando de cosas familiares.

Alexander apretó mi mano, su mirada fija en Julia, sus ojos como dos brasas ardientes.

—Las únicas que se van a ir de esta casa son ustedes, se los advierto. No me hagan perder la poca paciencia que tengo, porque entonces la van a pasar muy mal. No creo que quieran pasar privaciones ni perder todo a lo que yo les doy acceso, ¿verdad?

—¡Alex, hijo! —exclamó Ema con la voz temblorosa, la máscara de su indignación cayéndose para revelar su miedo.

—¡Ya basta! He dicho que se larguen. Si no lo hacen en este momento voy a llamar a seguridad para que las eche, así que ustedes deciden. —su grito resonó por todo el lugar, el eco de su rabia llenando el aire.

—Solo veníamos a ver a Max...

—Mi hijo está muy bien, y no las necesita.

Las mujeres no esperaron más, saliendo del comedor a toda prisa, lanzándome una mirada de odio al pasar por mi lado, como si la culpa de su humillación fuera mía.

Mientras tanto, en la casa que alguna vez compartí con Alan, la furia y los celos lo estaban consumiendo. Había esperado toda la noche afuera del hotel, y después de haber visto la fotografía en la que yo aparecía en los brazos de otro hombre, la rabia era lo único que lo mantenía en pie. Las venas de su cuello se marcaban mientras conducía de regreso a casa. Azotó la puerta con una furia descomunal, dejando aterrorizados a los empleados.

—¿La señora no ha regresado? —preguntó, con la voz ronca y el aliento acelerado.

—No, señor. Desde aquel día que se fue, ella no ha vuelto más.

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