Las enfermeras trataban de controlarme, pero yo estaba fuera de mí. Gritaba, lloraba, forcejeaba con todas, incapaz de aceptar lo que acababa de escuchar. El simple pensamiento de que Alan pudiera hacer un uso indebido de las cenizas de Tommy, o incluso desaparecerlas, me desgarraba el alma.
—¡Déjenme! —supliqué entre sollozos, con la voz rota—. Ese desgraciado se llevó lo único que me quedaba de mi hijo.
Intentaban sujetarme para darme un sedante, pero mis movimientos eran frenéticos. Entonces, de repente, sentí unos brazos firmes rodearme. Era Alexander. Su presencia imponía calma incluso en medio de mi desesperación, aunque al principio me resistí, empujándolo con rabia.
—Ese maldito —murmuré golpeando su pecho con mis puños cerrados—. No conforme con haberme arrebatado a mi hijo, ahora me quita lo único que me quedaba de él. Ni siquiera voy a poder tener sus cenizas… Alexander, me quiero morir.
Él me sostuvo con más fuerza, pegándome contra su cuerpo como si quisiera protegerme del mundo entero.
—Tranquila, Aurora. No lo vamos a permitir. Ese imbécil no se saldrá con la suya.
Las lágrimas me nublaban la vista, apenas podía respirar.
—No puedo hacer nada —dije con un hilo de voz, desesperada—. Él es poderoso y nunca me va a regresar las cenizas de mi hijo. Quiere seguir controlándome, humillándome, como lo ha hecho siempre.
Alexander me apartó un poco para mirarme directo a los ojos. Su mirada era dura, pero había en ella una promesa silenciosa.
—¿Qué estarías dispuesta a hacer para quitar del camino a Alan Harris? Para acabar con él, para destruirlo.
Me quedé inmóvil unos segundos, con la garganta ardiendo. Finalmente lo dije, con rabia y dolor entremezclados.
—Lo que sea. Haré lo que tenga que hacer, pero ese maldito tiene que pagarme la muerte de mi hijo. Tiene que sufrir en carne propia el dolor que yo estoy sufriendo. Por favor, Alexander… sé que no me conoces, que no tendrías por qué hacer nada por mí, pero ayúdame a destruirlo y te juro que estaré en deuda contigo. Haré lo que me pidas.
Alexander asintió despacio, su voz sonó grave y cortante.
—Cuenta con eso, Aurora. Aborrezco las injusticias y más aún a los que hacen uso de su poder para dañar a los demás. Ese mal nacido dejó morir a su propio hijo y para mí eso es imperdonable. Pero a cambio quiero algo. Tengo una condición.
Lo miré confundida, limpiando las lágrimas de mis mejillas.
—¿Una condición?
—Lo que quiero es que te cases conmigo.
Abrí los ojos con incredulidad, incapaz de reaccionar de inmediato.
—¿Casarme contigo? Pero si apenas nos conocemos… No entiendo por qué quieres algo así.
Alexander no titubeó, su tono era frío, calculado.
—No me malinterpretes, Aurora. Este no sería un matrimonio por amor. Es un trato que nos conviene a los dos. Max necesita una figura materna, se ha encariñado contigo y creo que sería muy feliz si tú estás con él. Ante el mundo seremos una pareja de enamorados, el matrimonio perfecto. Pero no voy a mentirte: el amor murió para mí.
Un silencio pesado se instaló entre nosotros. Sentí que su confesión se parecía demasiado a la mía. Bajé la vista.
—Para mí también —admití con la voz quebrada—. No volveré a enamorarme de nadie. Acepto. No solo por mi venganza, sino porque quiero mucho a Max. Él tiene algo de mi hijo y necesito estar cerca de él.
Alexander respiró hondo, casi aliviado.
—Entonces tenemos un trato. Pronto le daremos la noticia a Max, pero antes necesitamos recuperar las cenizas de Tommy. Tengo un plan.
Karoline llevaba todo el día llamando a Alan, pero él no respondía. Harta de esperar, decidió presentarse en su oficina. Al entrar lo encontró sentado detrás de su escritorio, con una copa en la mano y los ojos vidriosos por el alcohol.
—Alan, ¿qué haces bebiendo a esta hora? —preguntó con reproche.
Él levantó la mirada con una mueca de fastidio.
—¿Desde cuándo tengo que darte explicaciones?
—¿Por qué me hablas así? —se quejó ella, dolida—. Me lastima esa forma de ser. Yo no tengo la culpa de que Aurora se haya ido, y mucho menos de que tenga un amante.


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