Conducía a toda velocidad, con las manos aferradas al volante y la vista fija en la carretera. Cada metro recorrido me parecía eterno. Me arrepentía de no haberle avisado a Alexander, de haberme precipitado sin pensar, pero la impotencia me había ganado. El solo hecho de imaginar que Alan pudiera desaparecer lo único que me quedaba de Tommy me hacía vulnerable, y esa vulnerabilidad me ponía a merced de ese desgraciado.
Las luces de la mansión se veían a lo lejos cuando llegué. Para mi sorpresa, Alan lo hacía casi al mismo tiempo. Bajé del auto con el corazón desbocado y me planté frente a él, mirándolo de forma desafiante.
—Vaya, hasta que al fin aparece la señora —dijo con una mueca de burla—. ¿Ya te cansaste de revolcarte con ese fulano?
—Me das asco, Alan. —Escupí las palabras con todo el desprecio que sentía—. Eres un ser despreciable que se vale de cualquier cosa para salirse con la suya.
—No me cambies las cosas. —Avanzó hacia mí con soberbia—. La única responsable de que tuviera que llegar a esos extremos eres tú.
—No mereces siquiera tocar la urna donde descansan las cenizas de nuestro hijo —le enfrenté con la voz quebrada, pero firme—. Nunca fuiste un buen padre, y utilizar lo único que me queda de él es lo más retorcido y ruin que alguien puede hacer.
—Hablas así porque estás enojada —replicó, su mirada brillaba con un destello enfermo—, pero tú me sigues amando. Eres mía, Aurora, siempre lo has sido.
—Me repugnas. No te atrevas a tocarme.
Alan apretó la mandíbula, y su tono se volvió más peligroso.
—Me estás cansando. Sabes que mi paciencia tiene un límite y estás a punto de cruzarlo. Ahora ven acá. Entremos a la casa.
—¡Suéltame! Yo no voy contigo a ningún lado.
Pero no escuchó. Me tomó con fuerza del brazo y me arrastró hasta la entrada. Cerró la puerta tras de sí y echó llave, mientras yo forcejeaba desesperada.
—¿Qué estás haciendo? ¡Abre esa maldita puerta!
—Tu juego se acabó —rugió—. No voy a permitir que te sigas comportando como una ramera. Te vas a quedar aquí hasta que aprendas a comportarte, hasta que vuelvas a ser la mujer que eras.
Lo miré directo a los ojos, con un odio que me consumía.
—Nunca más voy a volver a ser esa estúpida mujer. Esa Aurora murió el día que decidiste darle el corazón de nuestro hijo a la hija de tu amante.
El rostro de Alan se desencajó.
—¡No vuelvas a decir eso! Si yo dirigí la donación hacia Tiffany fue porque los informes decían que Tommy estaba en mejores condiciones. Nunca imaginé que esto pasaría.


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