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Milagro y venganza, casada con el rival de mi ex romance Capítulo 8

Alan soltó una carcajada. Una risa que no era de alegría, sino de un desprecio tan crudo que me heló la sangre. Me miró, con los ojos ardiendo de rabia, pero su cara aún no comprendía la verdad. Para él, mi dolor era una farsa, una mentira que usaba para manipularlo.

—Eres tan despreciable que te atreves a usar una mentira como esa para desquitarte porque no he estado con ustedes en el hospital —escupió, y las palabras se clavaron en mí como agujas.

—Sigue pensando lo que quieras, maldito imbécil —le respondí, y mi voz se rompió en un susurro helado. Sentí que el aire me faltaba. No había lágrimas, solo un vacío que me devoraba por dentro—. Mi hijo está muerto y ya no me importas ni tú ni tu maldita amante. Ve a revolcarte con ella cuantas veces quieras, ve a hacer de padre con esa niña, lo que nunca hiciste con Tommy. Él se fue de este mundo sabiendo que eras un ser despreciable.

Un grito de rabia escapó de su garganta.

—¡Ya basta, Aurora! ¡Deja de mentir! —Su control, esa fachada de hombre seguro que siempre usaba, comenzaba a resquebrajarse—. Tommy está en el hospital y tú lo sabes perfectamente.

—¡Cállate! —Grité, y el sonido reverberó en el pecho vacío de la habitación. Mis ojos ardían de dolor. Tommy está muerto, y es por tu culpa. Si no le hubieras dado el corazón que era para mi hijo a la hija de esa mujerzuela, nada de esto estaría pasando.

—Tiffany lo necesitaba —trató de justificarse, su voz un ruego desesperado—. Su estado era mucho más crítico que el de Tommy. Él es fuerte, puede aguantar...

—Eres un ser despreciable. No sabes cuánto te odio —negué con la cabeza, una risa amarga y seca escapando de mis labios—. Pero sabes qué, idiota, no volverás a hacerme daño nunca más. Lo nuestro se acabó. Ahora que mi hijo ya no está, no tengo por qué seguir a tu lado.

Fue en ese instante que su máscara de negación cayó por completo. Su rostro se desfiguró por una ira descontrolada. Me tomó bruscamente por el brazo, ignorando mi grito de dolor, y me arrastró hasta el coche como si fuera un objeto. Me empujó sin cuidado en el asiento del copiloto y condujo a toda velocidad hacia el hospital, la indignación cegándolo.

Al llegar, me jaló de nuevo, arrastrándome por los pasillos hasta que nos detuvimos frente al doctor Lancaster.

—Doctor, quiero que me diga ahora mismo cómo sigue mi hijo —exigió, sin aliento, su voz resonando en el silencioso pasillo.

—¿Su hijo, señor? No entiendo su pregunta —respondió el médico, con el rostro arrugado por la confusión.

Esto se acabó 1

Esto se acabó 2

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