Los guardias de seguridad de Alexander King se llevaron a Alan arrastrándolo por el pasillo. La impotencia lo enloqueció por completo.
—¡Me las vas a pagar, imbécil! ¡No sabes con quién te estás metiendo! —gritó con la voz desgarrada, sus palabras rebotando en los muros del hospital.
Alan me miró con furia, su rostro un espejo de odio.
—Y tú, Aurora, te vas a arrepentir por haberme ocultado esto.
Las palabras ya no me afectaban. Habían perdido su significado. Un cansancio abrumador se apoderó de mí, y mis piernas, que habían sido mi único soporte, cedieron por completo. Sentí que me caía, pero antes de que pudiera tocar el frío y duro piso, unos brazos fuertes me sostuvieron.
Era Alexander King. Me tomó con firmeza, su mirada era inescrutable, pero me ofrecía un refugio inesperado. No pronunció una palabra, solo me levantó con cuidado, como si fuera una pluma, y se dirigió a una enfermera.
—Llévenla a la suite de mi hijo. Max está dormido. Que la atiendan allí —ordenó con una voz que no admitía réplicas.
El doctor Lancaster se acercó, inspeccionándome. Me sentía tan lejos de mi propio cuerpo que su voz me llegaba amortiguada.
—Solo está desmayada, señor King —dijo el doctor—. Es el cansancio y el shock. Sería mejor aplicarle un sedante. Ha pasado días sin dormir. Necesita descansar para poder recuperarse.
Mientras la enfermera me llevaba en una camilla, escuché la voz de Alexander King, firme y concisa.
—Doctor, ¿quién era ese hombre?
—Es la pareja de la señora Harper y el padre de Tommy —respondió el doctor.
—¿Y por qué ella está tan molesta con él? —insistió Alexander.
—Lo lamento, señor King, pero por políticas del hospital no puedo revelar esa información —dijo el doctor, y se alejó.
—Si quieres, puedo mudarme aquí por un tiempo para estar pendiente de los cuidados de Max —ofreció, fingiendo una preocupación que no sentía.
—No las necesito —dijo Alexander, su voz era un látigo—. Nunca las he necesitado. Sé perfectamente por qué están aquí. Quieren seguir gozando de mi dinero y de los privilegios que les doy, a pesar de que no tengo ninguna obligación de hacerlo. Estoy divorciado de esa zorra.
—¡Por favor, no te expreses así de mi hija, Alexander! —intervino la señora Ema, tratando de defender a Victoria—. Ella cometió un error, pero tal vez algún día regrese.
Alexander se acercó a ella, sus ojos brillando con una furia silenciosa.
—Espero que ni se le ocurra hacerlo, porque será lo último que hará en su vida. Y ahora, lárguense de aquí, no las quiero volver a ver en mi casa a menos que yo lo ordene.
Las dos mujeres, aterrorizadas por su implacable amenaza, se quedaron paralizadas en la entrada, sus sonrisas falsas borradas por el miedo.

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