Camila llegó apurada. Al ver que a Nanette se le había roto el tirante del vestido, no dijo nada y la jaló hacia el baño.
—Ponte mi vestido y entra.
—¿Y tú? —preguntó Nanette.
—A mí me obligaron a venir —explicó Camila—. Dijeron que era a una gala, pero la verdad es que el abuelo me trajo para ver si algún hombre me llamaba la atención. Qué flojera. Me pongo tu vestido y me voy directo a mi casa.
Nanette dudó un poco.
—No lo pienses tanto —insistió Camila—. Si no entras, Galileo seguro hará coraje. En este momento, tienes que seguirle la corriente. No olvides que tu objetivo es vengarte.
Nanette la miró con gratitud. —De verdad, gracias, Camila.
—Ay, por favor, apúrate —respondió Camila.
Ambas se cambiaron de ropa rápidamente en el baño.
Por suerte, tenían una talla similar, así que los vestidos no les quedaban mal.
—¿Qué hacemos con la chamaca? —preguntó Camila.
—Que se quede ahí adentro a que se le baje. Ignórala; al rato alguien la saca —respondió Nanette.
—Me parece bien.
Salieron juntas y, en la entrada del salón de eventos, se toparon de nuevo con Venancio.
Al ver cómo iban vestidas, Venancio sonrió. —¿Están jugando a intercambiar vestidos o qué?
Tras la broma, notó que uno de los tirantes del vestido que llevaba Camila estaba roto. Para no enseñar de más, ella se cubría el escote con la mano.
Esta vez Venancio no hizo ninguna broma; sin dudarlo, se quitó el saco y se lo puso a Camila sobre los hombros.
Nanette no se quedó muy tranquila. —Camila...
Venancio adivinó lo que iba a decir.
—Tú entra, yo la llevo a su casa.
—Traigo mi carro —replicó Camila de mala gana—, no necesito que me lleves a ningún lado. Ya métanse ustedes.
Venancio simplemente la jaló con él y, mientras caminaban, le dijo: —Yo no traigo coche, así que me queda perfecto usar el tuyo. Además, tengo que recuperar mi saco, es edición limitada.
Aunque Venancio solía ser muy impredecible, a la hora de la verdad nunca fallaba.
Nanette lo reconocía.
Al verlos alejarse juntos, tuvo la repentina sensación de que harían muy buena pareja.
—¿Qué haces aquí todavía? La gala ya empezó.
Ese collar de diamantes de colores de primer nivel... ¿no era el mismo que ella había vendido?
¿Qué hacía ahí?
¿Qué tan forrado de dinero debía estar el comprador como para donar un collar así a una subasta benéfica?
¡Por Dios!
A Nanette se le salió el respeto, muy a su pesar. Ese comprador no solo estaba podrido en dinero, además tenía alma de filántropo.
Galileo abrió un mensaje de texto que le acababa de llegar de Yolanda.
[Gali, me encanta ese collar.]
Galileo frunció el ceño y respondió con un simple [Sí].
Para su mala suerte, Nanette alcanzó a leer el mensaje.
«Ah, conque pidiendo caprichitos caros», pensó ella con ironía.
Casualmente, a ella también le había gustado.
Así que, sin dudarlo, iba a pelear por él.
Entonces, Nanette habló.

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