En cuanto Ivón vio entrar a Nanette, descargó toda su furia contra ella.
—Hay una crisis enorme en la familia y tú entras como si nada. ¿Te divierte mucho vernos convertidos en el hazmerreír de todos?
«Claro que me divierte», pensó Nanette.
Sin embargo, se las arregló para poner una expresión de profunda preocupación en su rostro.
—Abuela, mamá, ¿qué pasó? Galileo solo me dijo que regresara a la casa, pero no me dio ningún detalle.
Ivón le aventó la tablet a las manos.
—¿Estás ciega o qué? ¡Lee esto!
Nanette fingió leer el artículo con muchísima atención.
Al terminar, puso cara de espanto.
—¡No lo puedo creer! A Galileo lo acaban de invitar a dar una entrevista en la televisión, y ahora sale esto... ¡Esto va a dañar muchísimo su imagen!
A principios de ese mismo año, la empresa de Galileo había lanzado un sistema de inteligencia artificial que rápidamente fue adoptado por diversos bancos. Ese éxito rotundo catapultó la fama de Faro Tecnológico y disparó el precio de sus acciones en la bolsa de la noche a la mañana.
Gracias a eso, Galileo ganó una verdadera fortuna y se convirtió en el invitado estrella de numerosas cadenas de televisión.
Y la entrevista de esta ocasión no era con cualquier canal local, sino con una televisora nacional de gran renombre.
Por ese motivo, Galileo le daba tanta importancia a esa aparición pública.
Y Nanette también sabía perfectamente cuánto le importaba.
De no ser por eso, no se le habría ocurrido una jugada tan maestra.
Si no arrinconaba a Galileo, jamás le daría lo que ella tanto quería.
A Ivón se le puso la cara roja del coraje.
—¡No necesitamos que nos digas lo evidente! ¡Obvio que lo sabemos! Con todo este escándalo, ni siquiera estamos seguros de si lo dejarán presentarse a la entrevista. Además, esto afectará directamente la reputación de la empresa. ¡Hoy las acciones ya cayeron bastante!
Anatolia golpeó la mesa con los nudillos.
—¡Ya basta! ¡Dejen de decir tonterías! ¡Lo más urgente en este momento es controlar la situación!
La matriarca le dirigió una mirada severa a Galileo, quien seguía sentado en completo silencio.
—Galileo, ponte en contacto con tu equipo y organiza una rueda de prensa para mañana a primera hora. Tienes que desmentir todo este asunto.
Galileo, más frustrado que nunca, negó con la cabeza.
—¡¿ Y a mí qué me importa ese departamentito?!
Para los estándares de Anatolia, un lugar de apenas cien metros cuadrados no valía absolutamente nada.
Haciéndose la ofendida, Nanette miró a Galileo con ojos llorosos, aunque su respuesta iba dirigida a la anciana.
—Hace poco, Galileo olvidó mi cumpleaños. Para compensarme, prometió que me regalaría ese pequeño departamento en Altavista Premier...
Nanette se mordió el labio, cortando la frase a propósito.
Anatolia, perdiendo la paciencia, la apuró.
—¡¿Y luego qué?! ¡Ve al grano!
—Y luego... me enteré que Galileo quería dárselo a Yolanda. En realidad... no es que me importe que Yolanda se quede con el departamento. Es solo que, como ella es su cuñada, si la gente de afuera se entera de que él le anda regalando propiedades, se podrían generar malentendidos innecesarios.
Anatolia se quedó pensando en silencio durante un largo rato.
—Tienes toda la razón en eso. Fue un punto válido de tu parte.
—Abuela —dijo Nanette, sabiendo que el momento clave había llegado—. En cuanto a las noticias de hoy, sí existe una forma de solucionar este desastre.

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