El tiempo pareció congelarse. Nanette sentía que podía escuchar el eco de su propia respiración.
Contarle todo eso a Noel había sido una apuesta. Al ver que él no decía nada, rompió el silencio.
—Sé que todo esto suena a que te estoy usando, pero te juro que esos ingenieros son de lo mejor. No pasará mucho tiempo para que te des cuenta de lo que valen.
—Y en cuanto a mí... —Nanette soltó un suspiro casi imperceptible—. El mantenimiento y las actualizaciones de ese juego van por mi cuenta, gratis, para siempre.
Noel curvó los labios en una media sonrisa. —Ahí la que sale perdiendo eres tú, ¿no?
Pero Nanette se mantuvo muy seria. —Comparado con todo lo que perdí en estos tres años de matrimonio, esto no es nada.
—¿Por qué yo? Hay muchas empresas tecnológicas de primer nivel en San Lirio —cuestionó Noel.
—También me pregunté lo mismo. Y la verdad es que... no lo sé —confesó ella—.
—Supongo que fue por pura intuición. Mi sexto sentido me dice que puedo confiar en ti.
Noel se quedó callado un momento.
—Te voy a pagar cada peso por las actualizaciones y el mantenimiento del juego, pero con una condición.
—Dime.
—Cuando arregles todo este desastre personal, quiero que pienses seriamente en unirte a mi empresa.
Nanette no lo dudó ni un segundo. —Trato hecho.
Ambos se quedaron en silencio unos instantes.
Nanette recordó algo importante.
—Por cierto, lo del contrato del juego, lo firmo cuando gustes.
—No hay prisa. En cuanto esté listo el papeleo, te marco —dijo Noel, y le acercó un platito con galletas—. Dicen que son la nueva especialidad de la casa, probé una hace rato y no están nada mal. Pruébalas.
Nanette tomó una y le dio un mordisco.
Tenía el punto exacto de dulzor y un toque aromático, realmente estaban buenas.
Pero a la tercera mordida, el estómago se le revolvió.
Tras unas arcadas repentinas, se puso un poco nerviosa.
No tenía la menor intención de dar explicaciones.
Noel notó que algo andaba mal. —¿Estás bien...?

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