—Deberías salir menos, así evitarías romper tantos corazones.
Noel le dedicó una sonrisa discreta.
—Lo mismo digo.
Con esas tres palabras, le regresó el cumplido.
Nanette, que rara vez se sonrojaba, se sintió un poco apenada y tomó asiento frente a él.
—Gracias por lo de hace rato —dijo ella.
—No hay de qué, más bien yo debería pedirte una disculpa.
Nanette lo miró confundida. —¿Pedirme una disculpa?
—Escuché su conversación sin querer —aclaró Noel.
Nanette dejó escapar una sonrisa amarga. —Qué pena que presenciaras ese teatro.
—Para nada, los problemas de familia son de lo más normal —respondió él.
—No me imaginé que lo dejarías plantado.
—De vez en cuando le hace bien probar tantito de su propia medicina.
A Nanette se le apretó la garganta.
Pero prefirió guardarse ciertas cosas.
En sus tres años de matrimonio con Galileo, las humillaciones eran incontables.
Que la dejara plantada era cosa de todos los días.
Las relaciones humanas eran muy extrañas.
Había vivido bajo el mismo techo con Galileo durante tres años, y seguían siendo como dos desconocidos.
En cambio, solo había visto a Noel un par de veces, y se sentía como si se reencontrara con un viejo amigo.
Nanette no pudo evitar sonreír.
Noel notó el tenue hoyuelo en su mejilla y le preguntó con voz suave: —¿Te acordaste de algo gracioso?
Nanette soltó una pequeña risa. —Tengo la extraña sensación de que nos conocemos desde hace mucho tiempo.
La mirada de Noel brilló por un instante.
—Tal vez sí.
Nanette no profundizó en el tema y cambió de conversación.
Así que Nanette contactó en secreto a varios genios de la informática que conocía, y les ofreció sueldos bastante atractivos para que ellos mismos mandaran su currículum a Faro Tecnológico.
Sin embargo, Galileo nunca se enteró de que todo había sido obra de Nanette. Él juraba que había sido el prestigio de la empresa lo que atrajo a esos talentos.
Nanette suspiró.
—Esta es mi forma de pagarte, pero la verdad es que también lo hago por puro egoísmo. Yo... —Nanette se detuvo.
No sabía si debía continuar.
Noel la miró fijamente, dándole su espacio.
Nanette respiró profundo.
—Los rumores que han salido estos días sobre la aventura de Galileo con Yolanda... son ciertos.
Al diablo con eso de que «los trapos sucios se lavan en casa».
¡Esa familia Godoy nunca había sido su casa!
—Por eso voy a pedirle el divorcio. Pero si doy yo el primer paso, los Godoy me van a dejar en la calle. Así que antes de soltar la bomba, voy a recuperar lo que es mío, y también... —Un brillo de resentimiento pasó por sus ojos—.
—Voy a hacer que los que me lastimaron paguen por lo que hicieron.

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