Noel casi no dudó:
—Sí.
Pensó que se enojaría, pero el hombre de pronto se echó a reír.
—Me alegra que no me mientas. En realidad, siempre supe que no me amabas.
En el coche, el hombre frunció un poco el ceño, reprimiendo sus emociones.
Isaac observó la expresión de Noel por el espejo retrovisor y sintió una punzada de lástima por él.
Aunque llevaba años trabajando junto al jefe y parecía conocerlo bien, a veces sentía que no era así.
A veces no tenía ni idea de lo que le pasaba por la cabeza.
A menudo se quedaba sentado a solas durante un buen rato.
Se veía muy solo y melancólico.
—Qué casualidad, yo tampoco te amo —sonrió Jovita con tranquilidad—. Pero, a fin de cuentas, estamos comprometidos y no tengo intenciones de buscar otra relación. Así que, Noel, ¿por qué no lo intentamos de verdad? Tal vez terminemos enamorándonos.
Al colgar la llamada, el rostro de Noel se endureció con preocupación.
Nanette regresó a Cumbres de la Reina. La casa estaba extrañamente silenciosa.
Melba se acercó corriendo.
—Señora Nanette, ¿por qué apenas llega? Hubo un problema.
Nanette preguntó sin alterarse:
—¿Qué pasó?
—Llevaron a Mateo al hospital —respondió Melba.
Nanette se quedó helada.
¿El niño de verdad estaba enfermo? ¿No era una de las mentiras y manipulaciones de Yolanda?
Nanette fue a su cuarto a ponerse ropa cómoda. Al salir, se topó justo con el grupo de personas que venía de la calle.
Y vaya que era un grupo grande.
Toda la familia Godoy en pleno había salido.
Ivón no le dio tiempo de hablar; se le fue encima y le gritó en la cara:
—¡Qué intenciones tienes! Mateo estaba enfermo, ¡y tú a fuerzas retuviste a Galileo para firmar unos papeles! ¡Eres una mujer demasiado egoísta y despiadada!
Nanette miró a Yolanda de reojo.
Tenía los ojos llorosos y abrazaba al niño contra su pecho, protegiéndolo como si fuera su tesoro más grande.
Anatolia también tenía una mirada fulminante, como si quisiera tragarse viva a Nanette.


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