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No recogí amor basura: divorcio embarazada, el CEO me coronó romance Capítulo 63

En lo que había pasado hoy, si Galileo hubiera dicho la verdad y hubiera abierto la boca, Nanette no habría terminado como el chivo expiatorio.

Pero no, Galileo decidió quedarse callado.

Nanette sabía que él le tenía respeto y temor a Anatolia.

Aunque Galileo manejaba los negocios de la familia Godoy, Anatolia aún tenía la mayor parte de las acciones de Faro Tecnológico y otros negocios bajo su control.

Todos esos bienes, en un principio, ella planeaba dejárselos a Martino.

La gente de afuera jamás imaginaría que el nieto consentido de Anatolia era el menor, Martino.

El motivo, seguramente, era el dolor y el rencor que Anatolia llevaría en el alma por el resto de su vida.

Galileo sabía que Anatolia prefería a su hermano y no se quejaba.

Pero últimamente, quién sabe por qué, el control absoluto de Anatolia había empezado a molestarle.

Aun así, Galileo era un experto ocultando sus emociones.

Su respeto y obediencia hacia ella se debían, en gran parte, a la herencia de los Godoy.

Al fin y al cabo, nadie se pelea con el dinero.

Por eso, cuando Anatolia le reclamó a Galileo por no haber regresado de inmediato, él soltó lo primero que se le ocurrió:

—Tenía que quedarme con ella a terminar de firmar todo.

Y esa frase fue la que dejó a Nanette sola frente al golpe. Todos creyeron que ella le había prohibido regresar.

Eso, sumado a las mentiras de Dina, hizo que Nanette cargara con toda la culpa.

Obviamente, Nanette no iba a quedarse de brazos cruzados siendo el chivo expiatorio.

—Galileo, eres mi esposo. En la familia Godoy, se supone que tú eres mi único apoyo. Pero ahora entiendo que jamás pensaste en respaldarme, porque como bien dijo la abuela, te casaste conmigo solo por impulso.

Menos mal que ya no sentía ni una gota de amor por él.

Si no, esas palabras la habrían hecho llorar.

Nanette lo dijo a propósito para ver si lograba hacerle sentir algo de culpa.

Y para su sorpresa, el resultado fue mejor de lo esperado.

—La semana que entra en la subasta de caridad, dime qué te gusta y te lo compro —le dijo Galileo.

En la madrugada, Nanette se despertó muerta de sed.

Al salir de su cuarto por agua, se encontró con la niñera que cuidaba a Yolanda y al bebé.

—Aunque seas empleada, mereces que te traten con respeto. Eso de tener que aguantar malos tratos no debería existir —le aseguró Nanette.

La niñera se conmovió.

—Señora Nanette, es usted muy buena persona.

Nanette le dio unas palmaditas en el brazo.

—Cuando se acabe tu contrato, te voy a transferir un dinero extra para compensar los malos ratos que has pasado.

La niñera no cabía en sí de gratitud.

—Muchas gracias, señora Nanette, de verdad, gracias.

—Ándale, ve a cuidar a Mateo. Con lo enfermo que está, no puedes descuidarlo —le dijo Nanette.

—¡Qué va a ser grave! —soltó la niñera—. Apenas antier la señora Yolanda le puso una crema nueva y le dio alergia. No es nada del otro mundo, en un par de días se le quita. Pero quién sabe por qué ella empezó a hacer tanto drama y a exigir que lo llevaran al hospital.

»Antes andaba preocupada de que la señora Anatolia y las demás se enteraran y la regañaran por descuidada, por eso no decía nada.

—¿Me estás diciendo que Mateo no está enfermo, sino que esas ronchas son por una alergia de hace días? —preguntó Nanette.

—¡Así es! En el hospital todos se enteraron.

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