A Nanette le brillaron los ojos.
—¿Cuando dices «todos», Galileo también estaba incluido?
—Ah, no. El señor Galileo salió a contestar el teléfono en ese momento, él no supo nada —aclaró la niñera.
Nanette ya no sabía si sentir pena por Galileo.
Resulta que las mujercitas de la familia Godoy se habían puesto de acuerdo a espaldas de Galileo para defender a la amante.
Yolanda había armado todo ese teatrito por dos razones:
Primero, le hervía la sangre de envidia y quería evitar que Galileo firmara los papeles con ella.
Segundo, quería poner a prueba a Galileo para ver si de verdad le importaban ella y el bebé, esperando que regresara corriendo.
Al final, le salió el tiro por la culata.
Con razón Yolanda la había mirado de una forma muy distinta ese día al llegar a la casa.
Ahora su mirada tenía muchísimo resentimiento.
Pero si las cosas iban a ser así, a Nanette no le molestaba que la amante la odiara todavía más.
—¿Todavía tienes el diagnóstico médico? —preguntó Nanette.
La niñera, que ya le tenía confianza, fue sincera:
—Las señoras lo tiraron a la basura. Yo creo que no querían que el señor Galileo lo viera.
La niñera se sintió mal.
—Señora Nanette, la verdad es que hoy quise defenderla, pero ya sabe, yo...
Nanette lo entendía perfecto.
Siendo una empleada en esa casa, no tenía ni voz ni voto.
—No te preocupes. Con lo que me acabas de contar ya me ayudaste muchísimo. Quédate tranquila, esta plática no te va a traer ningún problema.
La niñera se fue tranquila.
Nanette regresó a su cuarto y, por fin, se quedó dormida de un tirón.
A la mañana siguiente, lo primero que hizo fue marcarle a Camila.
Le contó todo lo que había pasado.
Camila bufó del coraje.
—Ese lugar es un infierno. Mientras más pronto te vayas, mejor. Estar un día más ahí es pura tortura.
Nanette se rio, restándole importancia.
—Ellos me friegan, pero yo también los fastidio. El odio es mutuo.
—Nadie tiene tu actitud, amiga. Tú relájate, déjamelo a mí. Hoy mismo te arreglo ese asunto.
Al terminar la llamada, Nanette salió de la habitación por inercia.


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