El tiempo pareció detenerse, y el aire a su alrededor se volvió tan pesado que asfixiaba.
Venancio se llevó a Camila a rastras, dejándola atónita.
Antes de irse, ella alcanzó a escuchar el llanto de Nanette.
Un llanto lleno de dolor y resentimiento que le punzó los nervios a Venancio.
La empujó dentro del auto y cerró la puerta de un portazo brutal.
El vehículo arrancó a toda velocidad, zigzagueando temerariamente entre el tráfico, a punto de chocar con otros autos en varias ocasiones.
Camila por fin sintió miedo. Se aferró a la manija de seguridad y le gritó:
—¡Venancio, estás loco! ¡Nos vas a matar!
Él apretó la mandíbula, con una expresión que dejaba claro que la vida y la muerte le daban igual.
—¡Mejor si nos matamos! ¡Así se acaban los problemas! Me iré al infierno contigo y arreglaremos nuestras cuentas en el Camino de las Almas.
Los autos a su alrededor hacían sonar sus bocinas con furia. Estuvieron a milímetros de rozar a dos de ellos.
Camila cerró los ojos aterrorizada y soltó un grito ensordecedor.
El auto finalmente se detuvo de golpe en el estacionamiento del edificio de Venancio.
La bajó a la fuerza y la arrastró hasta su departamento.
Con el ceño fruncido por la frustración, Venancio se quitó el saco, lo tiró a un lado y le exigió una respuesta con voz gélida.
—¡¿Qué diablos pretendes hacer?!
Camila se frotó las muñecas, que empezaban a amoratarse por la fuerza con la que la había agarrado.
—¡Ustedes me obligaron!
—¡Nadie te obligó a nada! ¡Nadie! —Las venas del cuello de Venancio resaltaban por la rabia—. ¡Camila! ¿En qué te has convertido? Tú no eras así. Eras directa, decías lo que pensabas de frente, ¡y eso me gustaba! ¿Por qué tenías que armar este escándalo hoy?
Dio una patada al sofá, furioso.
—¡¿Por qué?!
—¿Te dolió verla? ¿Te dolió que llorara?

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