A mediodía, Camila le mandó un mensaje.
Asunto arreglado.
Nanette vio la foto adjunta y sonrió.
Se moría de ganas de ver la cara de Galileo cuando llegara en la noche y viera esa copia del diagnóstico médico.
Anatolia e Ivón no regresaron hasta que empezó a oscurecer.
Así que Melba le siguió llevando comida a Nanette sin ninguna preocupación.
Nanette no pasó ni un tantito de hambre.
Ese dichoso castigo de encierro solo le sirvió para descansar de tanta gritadera.
Nanette aprovechó todo el día para recopilar la información de los expertos en sistemas que habían entrado a trabajar a la empresa de Galileo gracias a ella.
Cuando terminó, le mandó el archivo a Noel.
Noel solo le respondió:
[Recibido.]
Nanette apenas había borrado el historial de la conversación cuando la puerta de su cuarto se abrió de golpe, sin que nadie tocara.
Galileo entró; parecía que traía aliento alcohólico.
Cuando se le acercó, el olor a alcohol era todavía más fuerte y a Nanette no le quedó más remedio que fruncir la nariz.
Galileo se sentó en la orilla de la cama y se aflojó el cuello de la camisa.
—Nanette.
Ella no dijo nada y solo se le quedó viendo.
Últimamente sentía que este hombre actuaba muy raro.
Hubiera preferido que siguiera ignorándola como antes.
Galileo le acarició la mejilla. En sus ojos había una expresión muy difícil de leer.
—Trata... de no hacer enojar tanto a mi abuela de ahora en adelante.
Por lo visto, Anatolia le había dicho algo.
—Hoy a mediodía la abuela fue a la oficina. Me habló de nosotros.
—¿Y luego? —preguntó Nanette.
—La abuela piensa que no tiene caso que nuestro matrimonio siga adelante.
Nanette no mostró ninguna emoción:
—¿Y tú qué le dijiste?
Galileo sonrió con cierta ironía.
—Adivina.
—No se me ocurre —contestó Nanette.

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