Eloísa sabía que usar la fuerza bruta no funcionaría.
Su hija tenía un carácter indomable; si te ponías rudo, ella se ponía peor, y a veces, ni siquiera las buenas palabras funcionaban con ella. ¡Era más terca que una mula!
—Nanette, lo pasado, pasado está. Sé que hice muchas cosas que te lastimaron y te ofendieron. Me siento muy avergonzada, por eso quiero compensarte.
—¿Compensarme? —Nanette soltó una risa fría—. ¿Conseguirme a un hombre que podría ser mi padre es tu idea de compensarme?
—El Director Chaves no es tan viejo como dices, apenas tiene cuarenta y cuatro años. Solo te lleva catorce años.
Catorce años.
Nada más...
Nanette curvó los labios en una sonrisa sarcástica.
—Pues entonces haría mejor pareja contigo. De todas formas, sufres de soledad en las noches, deberías casarte tú con él.
En lugar de enojarse, Eloísa sonrió.
—El Director Chaves jamás se fijaría en mí, es en ti en quien se ha fijado. Ya ves que le dijiste que estás embarazada y ni siquiera le importó. Eso demuestra que le gustas de verdad.
—Nanette —continuó Eloísa, tratando de persuadirla con tono maternal—, ya eres una mujer divorciada, no te pongas tan exigente. El Director Chaves tiene un futuro brillante, si te vas con él, tendrás la vida resuelta. ¿No te gustaría ser la esposa de un alto funcionario?
¿Ella, con la vida resuelta?
—Más bien tú tendrías la vida resuelta, ¿no?
—Ay, niña, ¿qué es eso de «tú» o «yo»? Somos familia.
—¿Quién es familia tuya?
¡Qué descaro!
Nanette respiró hondo.
—Eloísa, en el pasado fuiste tú quien me echó a la calle. Hoy, soy yo quien no quiere volver a verte nunca más. Así que... ¡lárgate!
Como si la hubieran apuñalado, la furia de Eloísa estalló y levantó la mano dispuesta a darle una bofetada.
Pero la mano nunca llegó a su destino; alguien la detuvo en el aire.
Y ese alguien era precisamente la otra persona que Nanette tampoco tenía muchas ganas de ver.
Galileo.
El destino era así: cuanto menos querías cruzarte con alguien, más te lo ponía en el camino.
Cuanto más miedo tenías de ver algo, más probabilidades tenías de verlo.
Eloísa no esperaba que Galileo apareciera, y se quedó paralizada por un momento.
Galileo le soltó la mano de un tirón.
—Qué gran autoridad la suya, señora Eloísa.
Eloísa tampoco le puso buena cara.
—Tú ya te divorciaste de Nanette, los asuntos de nuestra familia no son de tu incumbencia.

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