Lamentablemente, Galileo no logró percibir ni el más mínimo cambio en la expresión de Noel.
O bien a ese hombre no le importaba Nanette en absoluto, o era demasiado bueno ocultando sus emociones.
La voz de Noel se mantuvo serena, sin la menor fluctuación, y con una ligera sonrisa que dejaba entrever su desdén.
—Debo admitir que el Presidente Godoy tiene un nivel de optimismo envidiable.
Galileo no entendió a qué se refería.
—¿Qué quiere decir con eso?
Noel lo miró de reojo y respondió sin prisa.
—¿No existe la posibilidad de que el destino más bien le esté diciendo que, por más cerca que vivan, lo que ya perdió jamás volverá?
Galileo apretó los labios. Aquello le había dolido en el orgullo, pero mantuvo su sonrisa.
—Ya veremos quién tiene la razón.
—Yo que usted no me haría tantas ilusiones —replicó Noel—. A mayor esperanza, mayor es la decepción. El resultado es evidente, ¿para qué mentirse a sí mismo?
La sonrisa de Galileo se fue borrando poco a poco.
—Mis asuntos no son de su incumbencia, Sr. Cortés. Más bien soy yo quien le aconseja que, ya que tiene a una prometida esperando por usted, no intente jugar a dos bandos. Después de todo, esa señorita Zamora no proviene de una familia cualquiera.
Isaac, que estaba a un lado, sintió asco al escucharlo y estuvo a punto de responderle, pero entonces oyó a su jefe hablar con ese tono lento y despreocupado.
—Al Presidente Godoy siempre le sobra tiempo para meterse en vidas ajenas. Si tiene tanta energía, mejor vaya al hospital a hacerse un chequeo. Si la próxima vez vuelve a congelar renacuajos inservibles, volverá a perder en la línea de salida. Al fin y al cabo, eso tiene que ver con la hombría, y que los demás se enteren da bastante risa.
Dio justo en el blanco.
Un ataque certero y sin derramar una gota de sangre.
En el rostro de Galileo no quedó rastro de sonrisa. Sus ojos transmitían furia y frialdad, mientras reprimía sus ganas de explotar.
—Vaya —soltó una risa gélida al final—. Todos dicen que el Sr. Cortés es un caballero de modales impecables, pero ya veo que es pura apariencia. No es más que una fachada.
—Aun así, es mil veces mejor que verse fuerte por fuera y no servir para nada por dentro. Además, como dice el dicho: a los caballeros se les trata con educación, pero si te cruzas con una sabandija, no hace falta tener modales.

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