Apenas terminó de hablar, Nina le soltó una patada.
—¡Ah, ya salió el peine, Máximo! Sabía que no habías perdido la esperanza con esa Villalobos.
»Yo solo lo dije de broma, pero tú ya quieres poner el plan en acción. ¿Acaso sueñas con casarte con ella?
Máximo se frotó la espinilla donde recibió el golpe.
—¿Podrías ser un poco más razonable? Ese plan tan macabro... digo, tan detallado, fuiste tú quien lo propuso.
»Ni siquiera me importa sacrificar mi dignidad para conseguir las acciones de los Villalobos, ¿y todavía me pateas?
Aunque sabía que todo lo que ella había dicho era un disparate y una broma, a Máximo le divertía seguirle el juego.
Nina le dio otra patadita.
—¿No has escuchado eso de «la ley del embudo»? Lo ancho para ti y lo angosto para mí.
»Hay ideas que solo yo puedo tener; si tú las tienes, es pecado mortal.
Nina siempre había sido dominante, y esa actitud se debía a que todos a su alrededor la habían malcriado.
Y quien más la consentía era Simón.
Si ella pedía las estrellas, él se las bajaba; jamás le negaba un capricho, por imposible que fuera.
A pesar de la patada, a Máximo le parecía adorable ver a Nina enojada.
Que actuara sin inhibiciones frente a él significaba que ya le había abierto su corazón.
Le encantaba esa sensación de pertenencia; así era como debía funcionar una familia.
—A partir de hoy, esa «ley del embudo» será la primera regla de la casa que mi esposa me imponga.
Máximo rio y sentó a Nina en su regazo.
La calefacción central de la villa siempre estaba alta.
En casa, Nina solo llevaba un camisón de seda.
La tela delgada revelaba sus curvas a la perfección, y su cuerpo, recién salido de la ducha, emanaba un tentador aroma a crema corporal.
Con tal belleza en sus brazos, a Máximo se le quitaron las ganas de bromear.
Su único pensamiento en ese momento era comérsela a besos.

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