Nina entró como Pedro por su casa, caminando paso a paso hasta la cama de Nancy.
Por un instante, Nancy admitió que sintió miedo.
—Nina, ¿quién te dejó entrar?
Antes de la cirugía, Nancy no había comido ni bebido nada; ahora estaba hambrienta, sedienta y la herida le dolía terriblemente.
Desde que Nina inutilizó a sus cuatro guardaespaldas, Nancy no tenía a nadie competente a su lado.
Andrea le había asignado gente nueva, pero ella los corrió a todos.
Los nuevos eran demasiado estúpidos y no le servían.
Al ver a Nina acercarse, Nancy se arrepintió de no haberse quedado con un par de ayudantes.
Nina sonrió con maldad.
—¿Por qué veo un miedo profundo en los ojos de la señorita Villalobos, que no le teme a nada?
Levantó bruscamente la barbilla de Nancy y preguntó en voz baja:
—¿Me tienes miedo?
Nancy intentó retroceder instintivamente, solo para darse cuenta de que no tenía escapatoria.
Sentía que le iban a romper la mandíbula y las lágrimas de dolor brotaron sin control.
—¿Qué quieres?
Esas dos palabras salieron de Nancy con un esfuerzo supremo.
Nina levantó la mano y le propinó una fuerte cachetada.
La mejilla de Nancy se hinchó al instante.
—Qué agallas tienes.
Apenas terminó de hablar, Nina le dio otra bofetada en la otra mejilla.
—Estas dos cachetadas son el regalo de bodas que te envío de parte de Alicia.
—Disfruta el sabor, espero que no lo olvides nunca.
Curvando lentamente los cinco dedos, la mano de Nina se posó suavemente sobre el pecho de Nancy.
Su voz seguía siendo baja, casi un susurro.
—No tengas miedo. El corazón de Simón Cuevas sigue latiendo dentro de ti, así que no te dejaré morir todavía.
—Que no mueras no significa que no cobraré intereses. Aparte de los tres dedos rotos, ese pedazo de intestino que perdiste ayer es solo el segundo paso de tu desmembramiento.

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