Bahía Azul y la Mansión Corbalán estaban a solo una o dos horas en coche; él y su esposa podrían visitar a los niños cuando quisieran.
Mientras más lo pensaba, más viable le parecía la idea. Máximo se moría de ganas de despachar a esos dos estorbos de inmediato.
Nina preguntó con tono burlón:
—¿Ya no quieres a tu hijo y a tu hija?
Máximo: —Los quiero, claro que los quiero, pero te quiero más a ti.
—Amor, tú eres y siempre serás la única en mi vida.
Señaló hacia la habitación donde dormían los niños y susurró:
—¿No te parece que esos dos mocosos son demasiado empalagosos?
Los niños habían heredado lo mejor de ambos padres; eran redonditos y adorables.
Cada vez que Máximo los veía, se le caía la baba.
Pero quererlos no significaba que tolerara que acapararan a su esposa todo el tiempo.
Para convencer a Nina, Máximo empezó a lavarle el cerebro con ingenio.
—Nina, dejaste la escuela un año para tener a los bebés. Ahora que ya nacieron, tienes que regresar a la academia.
—Aunque tienes excelentes calificaciones, no puedes dejar perder el título de la Academia Omega.
—Cuando vuelvas a clases, necesitarás a alguien de confianza para cuidar a los bebés, y mi mamá es la mejor opción.
—A mi mamá no le gusta vivir aquí, y en la mansión hay mucho espacio y personal de sobra.
—Además, acabas de empezar nuevos experimentos; cuidar niños retrasará tu carrera.
—No podemos permitir que esos pequeños impertinentes impidan que mi esposa se convierta en la mujer más fregona del mundo.
Al escuchar esto, Nina no pudo aguantar la risa.
—Ximito, sí que le echas ganas con tal de deshacerte de tus hijos.
La llegada de los niños le había resuelto dos grandes problemas a Nina.
No solo rompió el vínculo con Máximo, sino que ya no tenía que preocuparse por que le cayera un rayo cuando había tormenta.
En el futuro cercano tendría muchas cosas que atender personalmente y poco tiempo para los bebés, así que era mejor que la abuela ayudara a cuidarlos.
Máximo no esperaba que aceptara tan rápido y se quedó pasmado un momento.
—¿Eh? ¿De verdad los mandamos?
Nina arqueó una ceja.
—¿No fuiste tú quien propuso mandarlos a la Mansión Corbalán?
Máximo: —Pensé que no ibas a querer.
Nina: —Si hay alguien que me ayude a cuidarlos, ¿por qué no iba a querer?

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