Lucas miró a Máximo con actitud desafiante.
Parecía querer anunciar ante todos: «Si la familia Corbalán es la realeza de Puerto Neón, la familia Quintana es el imperio de San Juan de la Costa».
—Caballeros, ¿cuál es el problema aquí?
El alboroto atrajo a Ramón Ríos, el responsable general.
Ramón no solo era el representante oficial de la conferencia, sino que tenía la autoridad para decidir la lista final del «Plan Ad Astra».
Antes de que se publicara la lista de seleccionados, Ramón era la figura a la que todos en el club querían complacer.
Ofender a este personaje podía significar que tu nombre fuera tachado de la lista.
—Llega justo a tiempo, señor Ríos.
Lucas señaló la mejilla de Natalia, que aún no se desinflamaba.
—Las lesiones en el rostro de la señorita Escalante fueron causadas por este tal Máximo Corbalán.
—Juzgue usted mismo. Que un hombre golpee a una mujer, ¿no es un acto de violencia?
—Los que venimos hoy a Marbella somos figuras públicas de renombre.
—Considero que alguien con tan baja calaña y métodos tan sucios no merece ser candidato para el Plan Ad Astra.
Ramón observó la mejilla hinchada de Natalia por un momento y luego miró a Máximo.
—¿Qué sucede?
Máximo se tocó la frente con la mano, dejando escapar una leve sonrisa burlona.
—Alguien armó una trampa ridícula.
Para Máximo, la trampa era verdaderamente patética. Ya había adivinado que el artífice de estas maniobras baratas no podía ser otro que Enzo.
Lucas replicó con vehemencia:
—¿Qué trampa ni qué nada? Golpear a una mujer está mal y punto.
La mirada de Máximo se clavó en Natalia.
—Señorita Escalante, sea honesta y dígale a todos: ¿quién le dejó esa marca en la cara?
La mirada de Máximo era tan afilada y aterradora que Natalia se escondió instintivamente detrás de Lucas.

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