Le costaba respirar, sentía que la energía se le escapaba del cuerpo. Al abrir el frasco, se dio cuenta de que estaba vacío. Recordó que se había tomado las últimas pastillas hacía veinte minutos.
Al ver que Luciano se ponía cada vez más blanco, Javier sacó el teléfono para pedir una ambulancia. En ese momento, la puerta se abrió.
Javier iba a gritarle al intruso, pero se calló al ver que era Nina.
—Señorita Villagrán, ¿qué hace...?
Nina le hizo un gesto de silencio. Caminó directo a la cama de Luciano y le tomó el pulso. Un minuto después, sentenció:
—Ve preparando el testamento.
Javier se quedó helado.
Luciano miró a Nina con un hilo de voz.
—Creo que todavía aguanto otro round.
Nina le metió una pastilla en la boca.
—Deja que se deshaga y trágatela.
Luciano obedeció dócilmente. Nina se cruzó de brazos y lo miró desde arriba.
—Con esa pastilla te puedes ir al otro lado tranquilo y sin dolor.
Javier tosió incómodo:
—El señor Monroy todavía tiene mucho por hacer.
Nina arqueó una ceja.
—Cosas malas, supongo. Mejor que no las haga.
Javier guardó silencio.
A medida que la medicina hacía efecto, el color volvió al rostro de Luciano y recuperó algo de fuerza. Le hizo una seña a Javier para que saliera. Cuando quedaron solos, Luciano se incorporó con esfuerzo.
—Sabía que no me dejarías morir. Nina, ¿cómo me encontraste?
Nina le tocó el pecho.
—Lo que late ahí dentro es el primer corazón artificial que fabriqué en mi vida.

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