—Ese no es el punto importante aquí.
Si hubiera sabido que el sujeto que iba a ver hoy era su marido legal, no habría soltado ese discurso tan infantil en la cena de ayer.
Máximo asintió, dándole la razón.
—Cierto, el punto más importante es que busqué a La Parca de las Trece por todos lados, y resulta que duerme conmigo todas las noches.
Cuando usó a Fernando Ríos para contactar a Adrián Valdés y preguntar por la leyenda, Nina estaba sentada ahí mismo escuchando.
Para encontrarla, Máximo incluso había utilizado a Victoria. Durante ese tiempo, Nina lo escuchó mencionar a La Parca más de una vez.
Pero ella no dijo ni pío, no admitió nada. Solo se quedó viendo su actuación.
—Nina, sobre que tú eres La Parca de las Trece, ¿no quieres explicarme algo?
Nina no mostró ni una pizca de culpa.
—Bajo ninguna circunstancia quiero que me relacionen con esas palabras: La Parca de las Trece.
—¿Por qué? —preguntó Máximo.
—¡Porque ese apodo está bien gacho!
Máximo se quedó mudo. ¿Qué clase de razón era esa?
—Ese apodo me lo puso la gente, yo nunca lo acepté.
—Llevas tanto tiempo preguntando y ni siquiera sabías si La Parca era hombre o mujer. Deberías saber que cuando La Parca ayuda a alguien, ni siquiera quiere mostrar la cara.
—Ya debes imaginarte por qué.
—¿Por miedo a las molestias? —aventuró Máximo.
Frente a Máximo, Nina no se molestó en disimular.
—A mí solo me interesa hacer experimentos, salvar gente no es mi vocación.
—Los que salvé fue de paso, como a Rodrigo hace rato en la cafetería.
—Por cierto, ya le eché la mano con el asunto de tu casa.
Si todo salía bien, las piernas paralizadas de Frida Aranda empezarían a mejorar pronto.
Máximo pensó que se refería a la limpieza de energía que hizo en la villa.
—Bueno, ya nos pusimos al día, hablemos de negocios.

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