Al recordar la fanfarronada que soltó frente a Nina la noche anterior, a Yeray se le vino el mundo encima.
Resultaba que el tipo al que iba a ponerle una golpiza con un costal en la cabeza era su propio jefe.
Aunque quería quedar bien con Nina, esa chamba estaba demasiado difícil para él.
Balbuceó, sin saber cómo salir del paso.
—Señorita Villagrán, esto...
Ni aunque le prestaran cien vidas se atrevería a ponerle un costal a Máximo.
Menos mal que Ramiro fue rápido.
—Señor Máximo, señorita Villagrán, platiquen ustedes, Yeray y yo esperamos afuera.
Agarró a Yeray, que seguía en shock, y salieron huyendo.
Cuando la pareja se quedó sola en la habitación, Máximo preguntó con seriedad:
—¿Cuándo supiste que yo era Mictlantecuhtli?
Nina cruzó las piernas con elegancia, jugando con su bolígrafo, y respondió con desenfado:
—Hace dos minutos, desde que entré a este cuarto.
Máximo no pudo evitar preguntar: —¿Por qué te caigo mal?
Aunque ambos eran miembros de Zafiro, casi nunca coincidían. Pero por la forma de hablar de Nina, era obvio que tenía algo fuerte en su contra.
Nina arqueó una ceja y lo miró.
—No me caes mal tú, me cae mal el Mictlantecuhtli que arruinó mi plan en el pasado.
Máximo la miró confundido.
—¿Qué plan?
—Operación Alfa. ¿No te acuerdas?
Máximo recordaba vagamente la Operación Alfa. En aquel entonces, un alto funcionario oficial fue secuestrado durante un viaje secreto al extranjero. Para evitar problemas diplomáticos, el gobierno no podía intervenir abiertamente, así que le encargaron la misión a Zafiro.
En menos de tres días, Máximo rescató al objetivo y lo trajo de vuelta al país.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: No Tan Bruja