Al escuchar su nombre, Lucas se puso pálido.
Todavía no asimilaba el golpe de ver a Máximo, su acérrimo rival, convertido en el responsable de la reunión.
Tener la autoridad para presidir la Conferencia Ad Astra significaba que Máximo gozaba de la total confianza de las autoridades.
Esa era una oportunidad que muchos magnates y gente de la alta sociedad deseaban con fervor, y nadie esperaba que Máximo se llevara el premio gordo.
Al notar que todos en la sala de conferencias le lanzaban miradas de duda, escrutinio o burla, Lucas preguntó con obstinación:
—¿Por qué tengo que salir?
Rodrigo sacudió la lista que tenía en la mano.
—La he revisado de arriba a abajo una y otra vez, y no encuentro el nombre del señor Quintana por ningún lado.
Luciano, por supuesto, no iba a dejar pasar esa oportunidad para echarle sal a la herida.
—¿Qué está pasando, señor Quintana? Grupo Quintana es una empresa enorme, dueña de edificios emblemáticos en San Juan de la Costa.
—Tienen un trasfondo sólido y un capital impresionante, pero los han borrado del Plan Ad Astra —continuó Luciano con sarcasmo—. Si esto se llega a saber, ¿no cree que la reputación de Grupo Quintana se irá al demonio?
Lucas fulminó a Luciano con la mirada y luego apuntó sus baterías hacia Máximo.
—Señor Corbalán, no hay necesidad de llevar nuestros problemas personales a este nivel, ¿verdad?
—Te he ofendido verbalmente en el pasado; si tienes algún resentimiento, insúltame y ya.
—Usar tu posición como jefe del Plan Ad Astra para una venganza personal demuestra muy poca clase.
Lucas golpeó la mesa con la lista de admitidos.
—No acepto ser excluido.
Máximo soltó una risa incrédula ante la arrogancia de Lucas.
—¿Sospechas que fui yo quien tachó tu nombre de la lista?
Lucas lo miró con fastidio.
—¿Acaso no fue así?

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