Para alguien con las habilidades de Nina, evadir a la familia Cárdenas hubiera sido pan comido.
Nina sonrió con astucia.
—Si mordieron el anzuelo, es porque tengo mis razones.
Antes de que Isaac pudiera preguntar más, se escucharon gritos desde la pista de baile.
Alguien gritó:
—¡Ayuda! ¡Ayuda! Creo que se murió.
La música estridente se detuvo de golpe y la multitud se apartó.
Una chica joven lloraba a gritos junto a su acompañante, que estaba tirado en el suelo.
El personal del club llamó a emergencias de inmediato.
Nina se puso el cubrebocas, se acercó y le tomó el pulso al hombre con dos dedos.
El sujeto apenas respiraba, tenía la cara morada y parecía un cadáver.
La chica seguía gritando:
—¡Julián, despierta! ¡No me asustes así!
Nina la calló con impaciencia:
—Todavía no se muere, deja de llorar.
La chica se quedó muda del susto.
Nina seguía revisando el pulso.
—¿Tiene problemas del corazón?
La chica negó con la cabeza.
—No sé, estábamos bailando y de repente dijo que sentía una opresión en el pecho. Antes de que pudiera preguntarle qué pasaba, se puso así.
Nina no preguntó más. Le rasgó la camisa al hombre dejando su pecho al descubierto.
Sacudió suavemente su bolígrafo especial y de la punta salieron varias agujas de plata muy finas.
Ante la mirada de todos, Nina insertó las agujas en varios puntos clave del cuerpo del hombre con una rapidez impresionante.
El club quedó en un silencio sepulcral.
Todos se preguntaban qué hacía esa chica con las agujas. ¿Acaso era acupuntura?

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