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¡No te metas con la Cenicienta! romance Capítulo 845

Al saber que tenían la ubicación exacta de Mónica, una sonrisa de satisfacción asomó en el rostro de Estrella.

¡Excelente!

—Manda a alguien, pero rápido —ordenó Estrella con frialdad.

Lo único que temía era que Mónica se mantuviera demasiado callada.

Si no hacía ruido, localizarla habría sido un verdadero dolor de cabeza.

Aunque le pesara admitirlo, las estrategias de Marcelo para proteger a su enemiga eran mucho más eficaces que las que Alonso usaba antes.

Pero eso no importaba. Si Estrella se proponía encontrarla, la iba a encontrar.

Malcolm dio media vuelta y salió para enviar a su gente por Mónica.

Teniendo la ubicación exacta, iba a ser pan comido.

Apenas Malcolm cruzó la puerta, sonó el celular de Estrella. Era Violeta Pizarro.

—Estrella, ¿me echas la mano con algo?

—¿Qué pasó? —preguntó Estrella.

—¡Voy a ir al Reino Unido! —anunció Violeta a través de la línea.

Desde que salió del hospital y regresó a su departamento, Violeta le había dado mil vueltas al asunto y concluyó que lo mejor era interrumpir el embarazo.

Pero en Nueva Cartavia, con la constante intervención de Renato Ibáñez, no se lo iban a poner nada fácil.

Así que, pensándolo bien, lo mejor era salir del país.

No creía que la influencia de Renato llegara hasta el extranjero.

—Me doy cuenta que en Nueva Cartavia Renato ya empezó a usar las mismas tácticas descaradas que aplicaba Alonso —comentó Estrella.

—¡Totalmente! Como no puede lidiar con la familia Ibáñez, se la pasa fastidiándome a mí.

Solo de hablar del tema, a Violeta le ardía la sangre.

Nunca se imaginó que Renato fuera esa clase de hombre.

Estrella guardó silencio.

Al escuchar que «no podía lidiar con los asuntos de la familia Ibáñez», sintió una punzada de amargura en el pecho.

—Me parece muy bien, estás siendo mucho más sensata de lo que fui yo.

Seguramente Renato ahora también le andaba diciendo a Violeta: «Soy yo quien se va a casar contigo, no ellos; que no te importe lo que piensen».

Y hasta le diría: «¡Solo vas a vivir conmigo, mi familia no tiene nada que ver!».

Esa supuesta entrega incondicional era un calco exacto de lo que Alonso le prometió a ella.

Por eso, su única opción real era poner tierra de por medio.

Acababa de cortar con Violeta cuando la pantalla de su celular se iluminó de nuevo. Era Renato. Estrella frunció el ceño al ver el número.

Aun así, contestó:

—Bueno.

—Seguramente Violeta te va a pedir ayuda, y te pido de favor que no le ayudes a salir del país.

Estrella no supo qué responder a eso.

¿Quién había dicho alguna vez que Renato era el más inocente de su grupo de amigos?

¡Fíjense nomás qué mente tan calculadora, ya se había adelantado a los movimientos de Violeta!

Hacía apenas unos minutos le había advertido a Violeta que no dejara que Renato sospechara nada.

Pues resultaba que el tipo ya lo había deducido solito.

—¡Híjole, qué problema! Con lo amigas que somos Violeta y yo, si me pide algo, sabes que no le puedo decir que no.

—¿Y ya te lo pidió?

A través de la línea, la voz de Renato había perdido esa cordialidad habitual.

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