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Rechazada por estéril, ahora esposa del magnate más rico romance Capítulo 1008

Para ella, simplemente estaba pagando por un servicio premium.

Esa noche, como era su costumbre, se maquilló y se vistió impecablemente para grabar sus reseñas literarias.

A Milena le fascinaba venderse como una intelectual de la alta sociedad, una joven profunda y culta.

Aprovechando su etiqueta de estudiante de posgrado en la prestigiosa Universidad de Ciudad del Norte, había publicado decenas de videos hablando de libros, atrayendo a un público estudiantil masivo. Ya superaba el medio millón de seguidores.

En el mundo real, los únicos que le aplaudían eran su familia y amistades por conveniencia.

Pero cualquiera de sus compañeros de universidad sabía perfectamente que ella no tenía ni un gramo de cerebro.

En la vida real no había forma de sentirse superior.

Por eso, las redes sociales se habían convertido en su altar personal, donde se embriagaba con los elogios de sus fans, sintiéndose una diosa inalcanzable.

Apenas subió el video, los comentarios empezaron a llover.

Todos alababan la profundidad de su análisis y rogaban por más contenido.

Como Milena se la pasaba ocupada en trivialidades, jamás en la vida iba a leer tantos libros. Para eso tenía a tres asistentes que le escribían los guiones.

Claro, antes de grabar, ella le cambiaba un par de palabras al texto.

Y en su lógica torcida, ese «toque personal» convertía el guion en una obra completamente suya.

Milena tenía una moral muy flexible: una regla para el mundo y otra para ella.

Si otra persona pagaba para que le escribieran algo, era plagio absoluto.

Si ella lo hacía, era simplemente tercerizar un servicio.

En su universo particular, todo tenía sentido.

Después de todo, ella era de la élite; las reglas de los plebeyos no aplicaban para ella.

Con el ego por los cielos, salió de su cuarto y bajó a la sala por un vaso de agua.

Allí vio a Rosalía tratando de enseñarle a leer a su pequeña hija.

La niña, Bárbara, tenía un carácter tan infernal que ninguna tutora le duraba más de una semana.

Pero Rosalía era una mujer movida por las apariencias y la competencia tóxica. Si la hija de una de sus amistades aprendía una palabra nueva, Bárbara tenía que aprender diez. Si recitaba un poema, Bárbara tenía que memorizar diez.

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