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Rechazada por estéril, ahora esposa del magnate más rico romance Capítulo 139

Durante los siguientes dos días, Adriana permaneció en el equipo sin recibir ningún castigo por parte del director Herrera.

Elena sabía que seguramente era obra de Diego.

Sin importar cuántas tonterías hiciera Adriana, Diego siempre estaría ahí para limpiarle el desastre.

Aun así, mientras los de la empresa de Diego no se atrevían a abrir la boca, los empleados del Grupo Vargas no eran tan dóciles.

En esos días, ninguno le dirigió ni siquiera una buena mirada a Adriana.

Ella intentó por todos los medios arreglar las cosas con ellos, pero todos la trataron con una indiferencia absoluta. Por más coraje y frustración que sintiera, la gente del Grupo Vargas tenía el estatus para comportarse así y no le quedó más remedio que aguantarse.

Por tres días consecutivos, Elena acudió a la casa de Alejandro para darle sus masajes.

Y, como ya se estaba haciendo costumbre, él siempre la invitaba a cenar.

En el fondo, sentía que la dinámica entre los dos era un poco extraña.

Pero, como él no le había insinuado nada impropio, asumió que solo la veía con cordialidad.

Además, ella tenía que hacerse responsable de sus lesiones.

Así que no le quedaba de otra más que ir.

La cuarta noche, Alejandro ya se sentía lo suficientemente bien como para no tener que estar recostado.

Estaba sentado en la sala y, al ver que Elena salía de la cocina después de lavar los platos, le dijo:

—Señorita Navarro, a partir de mañana ya no es necesario que venga.

Elena se sorprendió un instante, pero asintió:

—De acuerdo, señor Vargas, asumo que ya no le duele la espalda, ¿cierto?

Para un hombre, una lesión en la espalda no es cualquier cosa.

Si llegaba a tener alguna secuela permanente, ella jamás se lo perdonaría.

Alejandro afirmó con un murmullo:

—Pero si me vuelve a doler, seguiré buscando a la señorita Navarro para que se haga responsable.

¿Qué quería decir con «hacerse responsable»?

Dicho con ese tono tan serio, el comentario sonó aún más provocador.

Las orejas se le pusieron rojas otra vez.

Tomó un respiro profundo y se despidió:

—En ese caso, me paso a retirar.

Esta vez, Alejandro no trató de detenerla.

—Tenga cuidado.

Isidora estaba de pie detrás de Alejandro. Al ver cómo él se preocupaba por ella, se clavó las uñas en las palmas de las manos.

Controlando sus emociones, se acercó fingiendo preocupación:

—Elena, ¿estás bien? ¿Quieres que te ayude a regresar a tu lugar?

Elena sabía perfectamente que Isidora la detestaba, así que de ninguna manera iba a aceptar su ayuda. Si decía que sí, quién sabe de qué la acusaría al minuto siguiente.

Además, se le figuraba que ella había ido a la empresa para tratar asuntos con Alejandro y prefería no ser un estorbo.

—No los interrumpo más, me regreso a trabajar —les dijo a ambos.

Tras despedirse, se dio media vuelta y entró a otro elevador.

Alejandro observó su espalda hasta que las puertas se cerraron y desapareció de su vista.

A pesar del coraje que sentía, Isidora se guardó sus celos y no preguntó nada sobre qué tipo de relación llevaban.

Isidora no era de las que perdían los estribos tan fácilmente.

Hacer escenas de celos y reclamar como loca era para mujeres sin clase, y ella era la señorita Valverde, jamás caería tan bajo.

A la hora de la comida, varios colegas se le acercaron peleándose por invitar a Elena a salir a comer con ellos.

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