Al escuchar las palabras de su madre, Alejandro frunció el ceño y le respondió tajante:
—Mamá, te pido que respetes a mi amiga. Si no eres capaz de hacerlo, entonces no tiene caso que sigamos hablando.
Dicho esto, se dispuso a subir al coche con Elena.
La señora Vargas sabía que su hijo tenía carácter, y eso era algo bueno. Como líder del Grupo Vargas, esa firmeza era justo lo que necesitaba para sacar la empresa adelante.
Sin embargo, cuando se trataba de tomar sus propias decisiones en temas de matrimonio y encima llevarle la contraria a ella, el asunto ya no le hacía ninguna gracia.
—Alejandro, ¿de verdad quieres terminar por enfermarme con este disgusto?
Elena miró a Alejandro con cierta duda; le sorprendió mucho ver lo inflexible que era.
Durante su relación con Diego, también había convivido con sus amigos.
Todos aquellos hijos de familias ricas se llenaban la boca hablando de libertad y rebeldía, pero casi nunca se atrevían a desafiar de verdad a sus madres.
Incluso el mismísimo Diego rara vez la había defendido frente a Beatriz.
Pero Alejandro era totalmente diferente.
—¡Alejandro! —La señora Vargas estaba a punto de reclamarle de nuevo cuando, de pronto, una camioneta se les cerró a toda velocidad.
Dos hombres se bajaron del vehículo y corrieron hacia la señora Vargas empuñando navajas.
Antes de que la mujer pudiera reaccionar, Isidora, que estaba a su lado, se interpuso de un salto para protegerla.
Los guardaespaldas reaccionaron al instante; se abalanzaron sobre los dos sujetos por la espalda y los sometieron contra el asfalto.
Todavía bajo el impacto de lo ocurrido, la señora Vargas vio el rostro pálido de Isidora y la sostuvo, presa del pánico:
—Isidora, ¿estás bien?
Al tocarle la espalda, sintió la sangre empapando la ropa. Abrió los ojos de par en par, incrédula.
—¡Estás herida! ¡Isidora, tenemos que ir al hospital rápido!
Alejandro y Elena también se percataron de la herida.
Como Elena sabía de primeros auxilios, acudió enseguida. Al ver que la navaja seguía clavada en el lado derecho de la espalda de Isidora, la acomodó rápidamente de lado para evitar que entrara en shock. Luego, se quitó el saco, lo dobló y aplicó presión alrededor de la herida para frenar la hemorragia.
Alejandro ya había llamado al 911.
La señora Vargas le sostenía la mano a Isidora, intentando tranquilizarla una y otra vez:
—Isidora, vas a estar bien. Te juro que todo va a salir bien.
Diez minutos después, la ambulancia entró al estacionamiento.
Los paramédicos bajaron con una camilla y subieron a Isidora al vehículo.
La señora Vargas y Alejandro subieron detrás de ella.
Elena tenía clarísimo que no era del agrado de la señora Vargas. Además, era evidente que, después de que Isidora recibiera esa puñalada por ella, la mujer haría hasta lo imposible por amarrar el matrimonio entre ella y Alejandro.
Por supuesto, Elena no iba a ser tan ilusa como para meterse en ese enredo.
—No se preocupe, señora Vargas. Jamás he tenido ninguna intención de involucrarme con el director Vargas.
—Me alegra que seas consciente de ello. Las puertas de la familia Vargas no están abiertas para cualquiera.
Dicho esto, la señora Vargas se dio la vuelta sin dignarse a decirle una palabra más y se alejó por el pasillo.
Cuando Alejandro terminó de dar su declaración a la policía, se sentó junto a Elena y le preguntó:
—¿Mi mamá te dijo algo? No te tomes a pecho sus palabras.
Elena asintió.
—Sí, lo sé.
Y la verdad es que le daba igual.
La hostilidad de la familia Vargas hacia ella era más que evidente, y no tenía la menor intención de ir a buscar humillaciones gratuitas.
Alejandro volvió a hablar:
—¿Sabes por qué te pedí que vinieras con nosotros?

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Rechazada por estéril, ahora esposa del magnate más rico
Es una novela que vives en cada fibra, te sientes que formas parte de ella ya que las emociones están al mil, me encanta mucho....