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Rechazada por estéril, ahora esposa del magnate más rico romance Capítulo 24

—Elena, tal vez no te crie, ¡pero yo te di la vida! ¿Acaso no me debes eso? Es tu hermano, ¿de verdad vas a ser tan desalmada y darle la espalda?

Elena palideció por el dolor.

Intentó zafarse, pero Valentina no la soltaba.

En ese momento llegó Diego. Al ver la cara de sufrimiento de Elena, intervino de inmediato.

—Señora Pérez, suéltela.

Al verlo llegar, Valentina no tuvo más remedio que soltarla. Sin embargo, por amor a su hijo, no pudo evitar suplicarle a él:

—Diego, ya no tenemos tiempo, el cuerpo de Tomás no va a aguantar. Te lo ruego, trata de convencer a Elena.

Diego miró a Elena, evidentemente dividido.

Elena le sostuvo la mirada, esperando a ver qué decisión tomaría.

Quería saber hasta dónde llegaría.

¿Sería capaz de lastimarla otra vez solo por complacer a Adriana?

—Elena, hazte la prueba nada más... Tomás está muy mal... —dijo él, sin atreverse a ser más duro.

El rostro de Elena se endureció por completo.

—Diego, tú sabes que tengo anemia.

—No es tan grave, Elena —insistió él—. No te va a pasar nada, y después me encargo de que te recuperes como se debe.

A Elena aquello le pareció sencillamente inaceptable.

—No voy a aceptar. Busquen a otra persona.

No iba a arriesgar a su bebé por el bienestar de alguien más.

Se dio la media vuelta, pero Diego la agarró del brazo.

—Elena, ¿tienes que ser tan fría? Es una vida humana.

A él le pareció que estaba siendo completamente irracional.

Adriana rompió a llorar y, aferrándose a Elena, suplicó:

—¡Elena, te lo suplico, salva a mi hermano!

Al final, Diego terminó llevándosela casi a la fuerza hasta la sala de pruebas.

La obligaron a sentarse en una silla, y justo cuando la aguja fría estaba a punto de perforar su vena, ella cerró los ojos, resignada.

De repente, se escuchó la voz del asistente desde la puerta:

—¡Señor Romero, alguien más es compatible! Hay una médula adecuada.

Elena, al ver la sonrisa en el rostro de su abuela, decidió no desenmascarar sus mentiras.

—No quiero dejar sola a mi abuela, vete tú, yo me quedo a cuidarla.

Diego volvió a insistir:

—Entonces, ¿qué te parece si rentas un cuarto en algún hotel de por aquí? ¿Acaso no confías en que la voy a cuidar bien?

Elena sabía que, por su culpa, la anciana no había podido pegar el ojo en dos días. Para darle tranquilidad, aceptó.

Además, realmente estaba molida de cansancio, así que fue a un hotel cercano a rentar una habitación.

Apenas llegó a la recepción, se dio cuenta de que había olvidado el celular en el hospital, por lo que tuvo que regresar.

Al entrar al pasillo, escuchó un grito de su abuela.

Elena entró corriendo a la habitación.

Diego no estaba por ningún lado.

Su abuela había tirado la jarra de agua caliente y tenía la mano roja por la quemadura.

Con los ojos llenos de lágrimas, Elena corrió a mojar una toalla con agua fría para ponerle una compresa.

—¿Y Diego? —preguntó.

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