La abuela se apresuró a defenderlo:
—No te enojes con él. Me dijo que tenía que salir a contestar una llamada. Seguro fue algo del trabajo, yo lo entiendo.
Elena apretó los labios sin decir una sola palabra.
Esa noche, no se fue al hotel; se quedó en la habitación del hospital a cuidarla.
A la mañana siguiente, Diego apareció con el desayuno y le dijo:
—Elena, perdóname. Ayer tuve una emergencia de verdad. Le dije a mi asistente que contratara a una enfermera para que cuidara a tu abuela, ¿no llegó?
El asistente, que venía detrás de él, se tensó al ver que no había nadie más en el cuarto.
La noche anterior, estaba a punto de contratar a alguien, pero Adriana le dijo que ella conocía a una muy buena y que se encargaría de llamarla.
¿Quién iba a pensar que Adriana no mandaría a nadie?
Elena lo ignoró por completo y entró a la habitación.
Diego le lanzó una mirada fulminante a su asistente y entró detrás de ella con la comida.
Él era experto en ganarse a la gente mayor, así que la abuela no solo no le guardó rencor, sino que le pidió que descansara más para no enfermarse por tanto estrés.
En cuanto llegó la enfermera que sí contrataron, Elena y Diego se fueron juntos a la empresa.
Durante el trayecto, ella no abrió la boca.
Diego intentó disculparse:
—Elena, sé que la regué. Perdóname, por favor. Pídeme lo que quieras para compensarte.
Ella levantó la mirada y lo encaró.
—¿De verdad? ¿Lo que yo quiera?
Diego asintió.
Al llegar a la oficina, entraron juntos al despacho de él.
—¡Quiero el dos por ciento de tus acciones de la empresa!
La petición lo dejó descolocado.
Según él, a Elena nunca le había importado ni el dinero ni los negocios.
Jamás se imaginó que le saldría con algo así.
Elena lo miró fijamente, con total serenidad.
—¿No me lo quieres dar?
Al recordar todo lo que la había hecho sufrir últimamente, de verdad quería compensarla.


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