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Rechazada por estéril, ahora esposa del magnate más rico romance Capítulo 25

La abuela se apresuró a defenderlo:

—No te enojes con él. Me dijo que tenía que salir a contestar una llamada. Seguro fue algo del trabajo, yo lo entiendo.

Elena apretó los labios sin decir una sola palabra.

Esa noche, no se fue al hotel; se quedó en la habitación del hospital a cuidarla.

A la mañana siguiente, Diego apareció con el desayuno y le dijo:

—Elena, perdóname. Ayer tuve una emergencia de verdad. Le dije a mi asistente que contratara a una enfermera para que cuidara a tu abuela, ¿no llegó?

El asistente, que venía detrás de él, se tensó al ver que no había nadie más en el cuarto.

La noche anterior, estaba a punto de contratar a alguien, pero Adriana le dijo que ella conocía a una muy buena y que se encargaría de llamarla.

¿Quién iba a pensar que Adriana no mandaría a nadie?

Elena lo ignoró por completo y entró a la habitación.

Diego le lanzó una mirada fulminante a su asistente y entró detrás de ella con la comida.

Él era experto en ganarse a la gente mayor, así que la abuela no solo no le guardó rencor, sino que le pidió que descansara más para no enfermarse por tanto estrés.

En cuanto llegó la enfermera que sí contrataron, Elena y Diego se fueron juntos a la empresa.

Durante el trayecto, ella no abrió la boca.

Diego intentó disculparse:

—Elena, sé que la regué. Perdóname, por favor. Pídeme lo que quieras para compensarte.

Ella levantó la mirada y lo encaró.

—¿De verdad? ¿Lo que yo quiera?

Diego asintió.

Al llegar a la oficina, entraron juntos al despacho de él.

—¡Quiero el dos por ciento de tus acciones de la empresa!

La petición lo dejó descolocado.

Según él, a Elena nunca le había importado ni el dinero ni los negocios.

Jamás se imaginó que le saldría con algo así.

Elena lo miró fijamente, con total serenidad.

—¿No me lo quieres dar?

Al recordar todo lo que la había hecho sufrir últimamente, de verdad quería compensarla.

¡La esposa legal era ella! Todo lo que él tenía debería ser para ella y para el bebé que esperaba.

Diego estaba revisando un reporte del director de proyectos.

Al escuchar su reclamo, le explicó sin darle mucha importancia:

—Le bloqueé sus tarjetas y por poco le pasa algo malo a su abuela, así que se lo di como compensación.

Adriana se mordió el labio, furiosa.

Si de compensar se trataba, bastaba con aumentarle unos cuantos miles de pesos a su tarjeta cada mes. ¿Por qué tenía que regalarle dos joyerías tan buenas?

Como Diego no le prestó más atención, sintió que el mundo se le venía abajo.

Desde que se había embarazado, Diego la había mimado hasta el cansancio, y ella había estado probando sus límites poco a poco para ver hasta dónde era capaz de ceder por ella.

Así que aplicó su vieja y confiable táctica: se sentó en el sofá y se puso a llorar a moco tendido.

Al verla en ese estado, Diego ya no pudo concentrarse en los documentos. Se acercó a ella, la tomó por la cintura y le preguntó con un suspiro:

—¿Qué tienes ahora?

Adriana sollozó entre lágrimas.

—Me duele mucho... Siento que no te importo para nada.

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