Diego estaba convencido de que ya le estaba dando una salida digna y que, si Elena sabía ubicarse, aprovecharía la oportunidad para arreglarse con él.
Elena le lanzó una mirada de reojo y no dijo nada.
En ese momento, las puertas del elevador se abrieron y Adriana salió con unos documentos en mano.
—Diego, Elena.
La mirada de Elena se clavó de inmediato en el collar de diamantes que llevaba puesto Adriana.
Era el mismo que Diego le había regalado a ella por su cumpleaños hace cinco años.
Aquella vez le juró que él mismo lo había diseñado, como símbolo de su amor eterno.
Ella lo consideraba tan valioso que ni siquiera se atrevía a usarlo y siempre lo guardaba en su joyero.
Sin pensarlo dos veces, caminó hacia Adriana y le arrancó el collar del cuello de un tirón.
El jalón le dejó un rasguño ensangrentado a Adriana, quien soltó un llanto de dolor, mirando a Elena aterrorizada.
Diego frunció el ceño, se acercó de inmediato y la confrontó:
—Elena, ¿qué te pasa?
Con el collar apretado en la mano, ella le preguntó:
—¿Tú se lo diste?
Al reconocer el collar, Diego entendió el enojo de Elena.
Pero, al fin y al cabo, era solo una joya.
Con todas las cosas que le había regalado a lo largo de los años, le parecía exagerado que se pusiera así.
—Elena, aunque ella no debió tomarlo, no tenías por qué atacarla. Mira nada más cómo la dejaste.
Adriana se puso a llorar y se disculpó con voz entrecortada:
—Perdón, Elena... Solo se me hizo bonito y quise probármelo. No sabía que fuera tan importante para ti.
Diego sacó un pañuelo y se lo puso en el cuello para detener el sangrado. Al ver que no paraba, le dijo preocupado:
—Ven, te voy a llevar al hospital.
Dicho eso, la cargó en brazos y se la llevó.
Elena se quedó mirando el collar manchado de sangre. De pronto, el collar le revolvió el estómago.
Caminó hacia el bote de basura y lo tiró sin dudarlo.
Por la noche, Elena fue al hospital a ver a su abuela.

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