Al llegar a la casa de los Vargas, la anciana Vargas vio a Elena y le dijo con una gran sonrisa:
—Elena, hace mucho que no venías a verme. Por cierto, supe que la cirugía de tu abuela fue un éxito. Tienes que trabajar y además cuidarla, seguro estás agotada. ¿Qué te parece si mando a unas cuidadoras para que te ayuden?
Elena sonrió agradecida.
—No es necesario, abuela Vargas, ya hay quien la cuide.
La abuela Vargas asintió. Al recordar las tonterías de su nuera, se molestó y añadió:
—No le tomes importancia a los chismes que salieron hace poco en las noticias. La mamá de Alejandro es muy terca y está empeñada en que se case con Isidora. Pero de eso, ni hablar; no solo Alejandro está en contra, yo tampoco lo voy a permitir.
Elena asintió.
—Lo entiendo, abuela Vargas.
Aunque sabía que ni Alejandro ni la abuela Vargas aceptaban a Isidora, a la señora Vargas le encantaba la muchacha, así que no había garantía de que las cosas no cambiaran de rumbo.
Ese era el motivo por el que no se atrevía a aceptar los sentimientos de Alejandro tan a la ligera.
Durante la cena, la abuela Vargas no dejó de insistirle para que comiera más, e incluso puso a Alejandro a pelarle los camarones.
Alejandro se portó muy obediente; hacía todo lo que su abuela le pedía sin chistar.
La abuela Vargas estaba encantada. Su nieto mayor nunca había sido tan dócil. Se notaba a leguas que de verdad estaba enamorado de Elena. Ella siempre lo supo: no podía equivocarse con la mujer que había elegido para su nieto. Era de esperarse que Alejandro cayera rendido ante ella.
Cuando Alejandro terminó de pelar los camarones, se limpió las manos con una servilleta de tela y le preguntó a Elena:
—¿Quieres un poco más de sopa?
Elena negó con la cabeza.
—No, gracias.
Probablemente por haberse desvelado la noche anterior, se sentía un poco mareada.
Al notar que se veía pálida, Alejandro le preguntó:
—¿Estás muy cansada?
Ella asintió levemente.
—Te llevaré a que descanses un rato.
—La verdad es que no estoy tan mareada.
Alejandro sonrió.
—Descansa un rato. Voy a darme una ducha; ayer fui a buscarte apenas bajé del vuelo y ni siquiera he tenido tiempo de bañarme.
Al verlo entrar al vestidor, Elena al fin cayó en la cuenta de que estaba en la habitación de Alejandro. Con tantos cuartos que había en la inmensa casa de los Vargas, ¿por qué la había llevado precisamente al suyo?
No quiso pensar demasiado en ello. Cerró los ojos con fuerza y trató de ignorar el ruido del agua en el baño, pero su inquietud no hizo más que crecer.
El efecto que Alejandro tenía sobre ella era innegable.
En ese momento, sonó un celular en el buró. Elena pensó que era el suyo, así que estiró el brazo y contestó. Al otro lado de la línea, se escuchó la voz de Isidora.
—Alejandro, me siento muy mal. ¿Puedes venir a verme?
Solo entonces Elena se dio cuenta de que se había equivocado de aparato. Colgó la llamada de inmediato.
Alejandro salió del baño con ropa cómoda de color negro, secándose el cabello con una toalla. Con la incomodidad de quien ha sido descubierta en falta, Elena le dijo:
—Agarré tu celular por error. Era Isidora; dijo que no se siente bien y quiere que vayas a verla.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Rechazada por estéril, ahora esposa del magnate más rico
Es una novela que vives en cada fibra, te sientes que formas parte de ella ya que las emociones están al mil, me encanta mucho....