El repartidor llegó con el pastel y ella bajó a recogerlo.
En la zona de los elevadores, se cruzó de casualidad con Enzo y los demás.
Enzo, que hace un segundo tenía cara de piedra, al ver a Elena se le iluminaron los ojos y saludó con gran entusiasmo:
—¡Elena! Qué casualidad, tú también andas por aquí.
Lucía y Hugo también la vieron.
Elena ignoró por completo a los directivos y se limitó a responderle a Enzo:
—Sí, vine a cenar con mi familia.
Enzo notó el pastel que traía en las manos:
—¿Alguien de tu familia cumple años?
Elena sonrió:
—Sí, mi prima.
Enzo, sin pena alguna, se invitó solo:
—En un cumpleaños siempre es mejor que haya más gente. Déjame acompañarlos a celebrar y cantar con ustedes.
A Elena le pareció buena idea, así que aceptó con la cabeza.
Al ver la confianza que había entre ella y Enzo, Hugo torció la boca con desdén.
Esa Elena sí que era buena para andar alborotando hombres por todos lados.
Por su parte, Lucía empezó a maquinar en su cabeza: «Si Elena y Enzo se llevan tan bien, tal vez le pueda pedir que me ayude a convencerlo de entrar al Grupo Romero».
«Con un buen bono económico, seguro acepta».
Enzo y Elena entraron juntos a la sala privada.
La abuela Navarro, sentada en su silla de ruedas, sintió curiosidad al ver que Elena llegaba con un joven desconocido.
Su tía y su prima, que estaban revisando el menú, levantaron la vista para mirarlo.
Antes de que Elena pudiera abrir la boca, Enzo se presentó solo:
—Hola, Doña Navarro, señora Carmen, Ariadna. Soy Enzo, un colega de Elena en la investigación. Casualmente vine a comer aquí, la vi y me colé a cenar con ustedes para celebrar a la festejada.
Elena lo miró confundida:
—¿No acabas de cenar hace un momento?
Enzo se rio:
—Eran personas con las que no tengo confianza, y como soy muy penoso y tímido, casi no probé bocado; la verdad, me quedé con hambre.
Al verlo tan suelto, Elena no le creyó en absoluto eso de que fuera penoso o tímido, pero prefirió no decir nada y simplemente colocó el pastel en la mesa.
Enzo le ayudó a poner las velitas.
Como era colega de Elena, tanto la abuela como la tía Carmen trataron muy bien a Enzo y le pidieron con amabilidad que ordenara lo que gustara.
Enzo era buenísimo para animar el ambiente, así que la habitación tranquila se llenó de risas en un instante.
Al ver la sonrisa de su abuela, su tía y su prima, Elena sintió que haber traído a Enzo fue una gran idea.
Después de soplar las velas del pastel, todos comenzaron a comer.
—¿Acabas de empezar a trabajar y ya pudiste comprarte un coche?
Enzo respondió un poco avergonzado:
—Es un coche de segunda mano, me costó unos cuantos miles de pesos. Junté el dinero en la universidad ayudándole a la gente con sus tesis. Espero que no les moleste.
La tía lo felicitó:
—Eres mucho más trabajador que muchos hombres; acabas de salir de la universidad y ya tienes tu propio coche.
A Enzo se le infló el pecho de orgullo:
—Sí, también quiero ahorrar para comprar una casa en Ciudad del Río, así podré darle una buena vida a mi futura esposa y a mis hijos.
A la tía Carmen le causó gracia.
—¿Apenas tienes esta edad y ya piensas tan a futuro?
Enzo le echó una mirada de reojo a Elena y respondió sonrojado:
—Un hombre tiene que ser responsable, si no, ¿cómo espera conquistar a una buena mujer?
La tía suspiró con convicción:
—¡Qué razón tienen! A los buenos hombres hay que saber escogerlos, no tratar de arreglarlos.
Al recordar a su desgraciado exmarido, sintió que había estado ciega.
Al final, todas aceptaron irse en el carro de Enzo.
En el camino, Elena recibió un mensaje de Lucía.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Rechazada por estéril, ahora esposa del magnate más rico
Es una novela que vives en cada fibra, te sientes que formas parte de ella ya que las emociones están al mil, me encanta mucho....