Diego miró la pila de documentos urgentes sobre el escritorio y soltó el aire, ya al límite. Solo pudo calmar a Adriana:
—Aguanta un poco más con mi mamá. En cuanto termine esto, voy para allá.
A Adriana se le descompuso la cara.
O sea, ¿pensaba dejarla sola lidiando con los ataques de histeria de Beatriz?
Diego sabía que estaba siendo injusto con ella, pero los asuntos de la empresa siempre tenían prioridad sobre los familiares.
Le dedicó un par de palabras dulces y terminó la llamada.
***
Elena esperó en el restaurante por unos diez minutos hasta que por fin llegó el cliente. Pero al ver entrar a aquel hombre de traje impecable, la mente se le quedó en blanco.
—Elena, cuánto tiempo sin vernos.
El hombre le tendió la mano con una sonrisa y tono elegante.
Elena forzó una sonrisa y, tragándose el pánico, lo saludó.
—Marcelo, qué sorpresa verte aquí.
Era Marcelo Santoro. Un compañero de la universidad que estaba en su mismo club estudiantil.
Y también el tipo que la había acosado sexualmente en múltiples ocasiones.
Marcelo venía de una familia con mucho dinero y poder. En su momento, ella se quejó con los profesores infinidad de veces, pero nunca sirvió de nada.
Lo único que podía hacer era apartarse de él cada vez que se lo cruzaba.
Aun así, era difícil cuidarse siempre la espalda, y varias veces estuvo a punto de sobrepasarse con ella.
Si Marcelo la había dejado en paz, fue únicamente porque pensaba esperar a que se graduara para ir por ella sin tantas complicaciones.
Sin embargo, poco después de graduarse, ella se casó con Diego, y Marcelo desapareció del mapa.
Marcelo, al verla tan tensa, ensanchó aún más su sonrisa.
—Tranquila, hoy solo vamos a platicar de negocios. Sé que ya estás casada, no caería tan bajo como para meterme con una mujer con marido.
Tras concluir la reunión, Elena salió del lugar a toda prisa.
Tomó un taxi, pero por alguna razón, tenía el presentimiento de que un coche la venía siguiendo.
El comentario la terminó de hundir.
Para Diego, ella no era más que una mascota de adorno o una sirvienta a su disposición.
Lejos de quedarse callada, le replicó:
—Esa cuenta ni siquiera es parte de mis responsabilidades, tengo todo el derecho de rechazarla. Y en cuanto a cuidar a tu mamá, ¿qué no es tu obligación como hijo?
Diego, al ver que ya no era la mujer sumisa de antes, se enfureció.
—¡Somos esposos! ¿Vas a ponerte a medir qué le toca a cada quién? ¡Mi madre es tu madre! Además, ¿no habíamos quedado en que yo me encargaba de los negocios y tú de la casa? Yo traigo el dinero y tú cuidas de la familia y de los mayores. ¿Qué tiene eso de malo?
Elena soltó una risa sarcástica.
Tenía tantas ganas de preguntarle si de verdad creía que eran un matrimonio.
—Diego, hoy fue un día pesado en el trabajo y no tengo ánimos de pelear contigo.
Dicho esto, dio media vuelta y caminó hacia la casa.
Diego se quedó mirándola alejarse, incapaz de ordenar lo que le estaba pasando.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Rechazada por estéril, ahora esposa del magnate más rico
Es una novela que vives en cada fibra, te sientes que formas parte de ella ya que las emociones están al mil, me encanta mucho....