Dicho esto, colgó de inmediato.
Podía imaginarse a Isabela fuera de sí del coraje, pero a ella ya no le importaba.
Isabela, al quedarse con la palabra en la boca, estuvo a punto de aventar el celular contra la pared.
Valeria Romero, que estaba sentada a su lado, al verla así le preguntó:
—¿Qué pasó? ¿Esa mujer no quiere venir a cuidarla?
Isabela apretó los dientes.
—Ahora sí que se le subió el carácter, ¿eh? Muy fregona según ella… ni siquiera puede tener hijos y todavía se pone al tiro. Ahorita mismo le llamo a Diego para que la mande al carajo. Total, ni están casados por lo civil; que se largue sin llevarse nada, así de simple.
Le marcó a Diego.
Él estaba en una junta y le contestó:
—Isabela, estoy ocupado en la oficina. Te marco en media hora.
Tras decir eso, colgó.
Isabela no fue capaz de enojarse con su hermano; más bien, se preocupó por él. ¡Esa maldita de Elena debería estar en su casa ocupándose de todo, no jugando a la mujer de oficina! ¡Qué descarada! ¡Ya vería cómo ajustarle las cuentas después!
Desde la habitación de Beatriz se escuchó de nuevo el ruido de un vaso rompiéndose contra el suelo.
La empleada doméstica temblaba de miedo y no se atrevía a entrar.
Valeria tampoco tenía el valor de entrar a ver a su madre en ese momento.
Justo entonces, Adriana llegó a la casa.
Siempre que podía buscaba ganarse a Beatriz, con la esperanza de ponerla de su lado y sacar a Elena del camino cuanto antes.
Al verla llegar, Isabela aprovechó la oportunidad y mandó a Adriana a cuidar de su madre.
Adriana aún no sabía cómo se ponía Beatriz cuando le daba la migraña, así que asintió con una sonrisa complaciente, queriendo quedar como la nuera perfecta.
Pero en cuanto entró a la habitación, se dio cuenta de su error.
Ella no estaba capacitada para lidiar con una crisis como esa.
Quiso echarse para atrás, pero ya estando ahí, si se iba, las hermanas de Diego no la bajarían de inútil. No le quedó de otra más que aguantarse y atenderla.

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