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Rechazada por estéril, ahora esposa del magnate más rico romance Capítulo 29

Elena regresó a la recámara, se metió a bañar y al salir vio que Diego también había entrado.

Él pasó al clóset a buscar su pijama y luego se metió al baño.

Elena lo ignoró por completo, agarró un libro y se recargó en la cabecera de la cama para leer.

Cuando Diego salió de bañarse, recibió una llamada de Isabela.

—Diego, si ya terminaste de trabajar, ven a la casa de la familia a ver a mamá. Eres su consentido, si te ve seguro se le quita el dolor de cabeza. Y tráete a Elena, Adriana no tiene idea de cómo cuidarla.

Diego tenía ganas de platicar bien con Elena para pedirle que dejara de hacer corajes con él, así que le contestó a su hermana mayor de forma muy cortante:

—Hoy tengo que quedarme trabajando hasta tarde y Elena todavía no sale de la oficina. Ustedes y Valeria ayuden a cuidarla allá.

Isabela nunca se atrevía a regañar a su hermano menor, pero con Elena no tenía tanta paciencia.

—Es normal que tú estés ocupado con el trabajo, pero esa mantenida de Elena, ¿en qué diablos va a estar ocupada? El otro día hasta tuvo el descaro de colgarme el celular. No la consientas tanto. Un hombre tiene que hacerse respetar para que las mujeres no se le suban a las barbas. ¡Si se pasa de lista, ponla en su lugar!

Diego solo soltó un murmullo para darle por su lado y colgó.

Al salir del baño, vio a Elena sentada en la cama, tranquila y bien portada. El perfil de su rostro era suave y sereno… y algo en él se movió.

Pero cuando él se acercó, Elena sintió un rechazo inmediato.

Se hizo a un lado, rechazando cualquier contacto físico.

Al ver que ella no quería, Diego tampoco la forzó.

Desde aquel incidente, a ella le costaba mucho trabajo compartir la cama con él.

Con el paso del tiempo, el propio Diego también había perdido el interés en intentarlo.

Con voz seria, le preguntó sobre sus asuntos laborales:

—¿Cómo vas en la empresa? ¿Ya te adaptaste?

Elena respondió con total frialdad:

—Bien.

Diego frunció el ceño. Iba a decirle algo más, pero su celular volvió a sonar.

Era Isabela otra vez.

—¡Diego, Adriana se acaba de desmayar! Como está embarazada, nos dio miedo que le pasara algo al bebé y la trajimos directo al hospital. ¡Ven rapidísimo!

Sin pensarlo dos veces, Diego se cambió de ropa a toda prisa y salió de la habitación.

Elena lo vio irse y soltó una sonrisa amarga.

Por lo visto, Adriana sí que era importante para él.

Se levantó de la cama, sacó un frasco de pomada del cajón, se subió la pierna de la pijama y empezó a aplicársela.

Desde el muslo izquierdo hasta el empeine, tenía una cicatriz horrible que le había quedado hace tres años, cuando salvó a Diego de un incendio.

A pesar de haberse sometido a múltiples cirugías reconstructivas, la piel seguía marcada.

Aunque Diego decía de los dientes para afuera que no le importaba, ella notaba claramente que cada vez que tenían intimidad, él evitaba a toda costa tocar su pierna izquierda.

Como Elena siempre había sido perceptiva, hacía tiempo que entendía el rechazo que él intentaba disimular.

Con el paso del tiempo, las ganas de ambos en ese aspecto se fueron apagando.

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